Una imagen NO vale más que mil palabras


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La validez e idoneidad de la imagen como medio de expresión artística a través de la fotografía, el cine, la pintura, etc… es incuestionable: del mismo modo que el lenguaje poético supera los límites de lo verbal para llegar donde las palabras no llegan, también en lo icónico la imagen artística va más allá de los límites de lo figurativo para expresar el misterio que se esconde detrás de la mirada.

Sin embargo, la hegemonía de la imagen como instrumento generalizado de comunicación, expresión e información a lo largo del siglo XX a partir de la fotografía, el cine y sobre todo la televisión (y de la que el mundo digital se ha adueñado corrigiendo y aumentando su presencia social y su potencia de impacto) ha supuesto un enorme empobrecimiento intelectual y social siendo uno de los ingredientes básicos del pensamiento débil, de la postmodernidad, de la licuefacción de la discusión pública, de la emotivización de las relaciones, de la desinformación y, en fin, de la denominada postverdad, que es el eufemismo con el que se nombra la mentira institucionalizada que se genera, circula y amplifica en las redes sociales.

Y es que las características de ambos medios de aproximación a la realidad para entenderla son radicalmente distintas. Compartiendo únicamente su carácter de manifestaciones exclusivamente humanas, la palabra pertenece al ámbito del pensamiento, de la racionalidad, del análisis, de la comprensión, de la profundización, de la prudencia, del alejamiento crítico y objetivo; desarrolla habilidades mentales relacionada con la concreción,  la síntesis. El lenguaje verbal –oral o escrito- facilita el razonamiento, la fuerte articulación del pensamiento, la clasificación. Pero la palabra es densa, difícil: el lector, el escritor, el oyente o el hablante se enfrentan a un universo abstracto y estático, a signos alejados de la realidad visible, signos áridos cuya descodificación exige complejas operaciones mentales. Lo agradable del texto oral o escrito no está en lo que se ve, sino en su significado. El lector y el oyente se ejercitan en la paciencia, porque se les exige un placer postergado, que se alcanzan sólo a partir del esfuerzo. La lectura y el discurso exigen renunciar a una satisfacción inmediata por una satisfacción más lejana.

En cambio, la imagen es el reino de la sugerencia, de la emoción, de la intuición. Se mide por su punch, por su capacidad de impacto. Se mueve en el reino de la emoción, la irracionalidad, la subjetividad, lo epidérmico y superficial. Ante ella, el espectador se enfrenta a signos concretos cercanos, materiales, gratificadores, que dan recompensa sin apenas esfuerzo y potencian un sentimiento de inmediatez e impaciencia. La imagen nos presenta un universo concreto y dinámico: el espectador, ante la pantalla, se somete a una hiperestimulación sonora y visual cada vez más trepidante para mantener su interés, de modo que esa vorágine de sensaciones acaba por hacerle aburrido todo aquello que es abstracto y estático como la lectura, pero no sólo como la lectura. 

Es cierto que el lenguaje es susceptible también de convertirse en un instrumento de manipulación, de reducirse a la simplicidad del slogan, de expresar mentiras que repetidas muchas veces acaban teniendo apariencia de verdad. Es precisamente el hecho de que nos apropiamos de la realidad conviertiéndola en signo lingüístico lo que hace que la manipulación de los significados permita cambiar la realidad a partir del cambio de significado de los términos que la nombran. Pero si esto nos puede suceder con la herramienta más idónea para el entendimiento, la capacidad de distorsión de la realidad a partir de las imágenes va casi implícita en su naturaleza y es inconmensurablemente mayor.

Frente al optimismo visual que provocó en su día la televisión -esa ventana al mundo que nos “mostraba” realidades lejanas- y que de nuevo el mundo digital no ha hecho sino fortalecer, la preeminencia de la imagen no nos ha acercado a la realidad, sino que ha terminado creando una realidad mediática paralela que nada tiene que ver con ella.  No es lo mismo ver que comprender. Ser testigo de lo que ocurre no es suficiente. Contemplar “en vivo y en directo”  un acontecimiento no contribuye por sí mismo a explicártelo. La comprensión nos exige ir más allá de lo visto para analizar sus causas y consecuencias, contextualizarlo, proveerlo de datos, … pensarlo, en suma.  Les suelo hacer ver a mis alumnos de secundaria la complejidad que se esconde en los veinte segundos que dura un spot publicitario y cómo es tan fácil de consumir como difícil de comprender: para dejarse influenciar por él no tenemos que hacer más esfuerzo que mirar. Comprenderlo, es decir, hacerlo nuestro, nos exige el trabajo de analizar su duración, el número de planos, la música y los textos verbales y escritos que contiene, el ritmo, el casting de los acotores que lo interpretan, el target al que va dirigido,  los colores utilizados, los valores integrados para provocar nuestra identificación o nuestra empatía y que constituyen su significado… Finalmente necesitaremos seguramente más de mil palabras para poder convertir esos veinte segundos en pensamiento crítico y reflexivo que nos permita la libertad no de consumirlo, sino de entenderlo.

Dejar de ser ciudadanos para convertirnos en espectadores nos hace especialmente vulnerables a todo tipo de burdas manipulaciones. Por eso la imagen es el elemento preferido de los creativos publicitarios, de la videopolítica, de los videomítines, de los videovalores transmitidos a través de la ficción y el entretenimiento visuales. Por eso su hegemonía se ha convertido un un verdadero problema y sus efectos han dado como resultado una verdadera patología social que daña la convivencia.

Es paradigmático lo sucedido el día 1 de octubre en Cataluña que se puede resumir de este modo: no han sido los hechos lo que nos ha llegado a través de los medios visuales, sino sus imágenes. Los hechos necesitan de un discurso que los desarrolle, contextualice y explique; no son fotografiables; la imágenes “hablan” por sí solas, pero sólo de sí mismas.

Una imagen NO vale más que mil palabas. Solo adquiere ese valor cuando somos capaces de decir mil palabras sobre ella.

Referencias

A propósito de “una imagen vale más que mil palabras”

Verdu vs Sartori

Videopolítica

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2 respuestas a Una imagen NO vale más que mil palabras

  1. J. Alegre. dijo:

    Me gusta mucho esta reflexión sobre la imagen y la palabra. La encuentro tan conveniente que me parece necesaria. Vivimos tiempos en que las imágenes nos acompañan desde la mañana hasta la noche. Las pantallas ante nuestros ojos se convierten en bandejas donde se nos presentan continuamente imágenes, imágenes. Y por la calle, vallas publicitarias, todo tipo de carteles… en Zaragoza, los autobuses han dado un paso más en su publicidad: ahora cubre las ventanillas, hasta el techo. En el interior, que también tiene carteles, los viajeros vamos, literalmente, envueltos en imágenes de publicidad.
    En fin, magnifico análisis y explicación sobre el esfuerzo mental que requiere comprender la palabra.

    • Pepe Boza dijo:

      El ejemplo del autobús con su publicidad envolvente es muy gráfico… Uno de los descansos del ciudadano cuando sale del ámbito urbano es la paz que le proporciona el escapar del envoltorio publicitario en el que vive permanentemente y que tú describes tan bien. Si además de salir de ese envoltorio, rompes con el medioambiente simbólico de la conexión tecnológica, la sensación de libertad y de reencuentro con uno mismo es mucho mayor. De ahí el éxito de iniciativas de los “No Technological Camps”.
      Gracias por tu visita.

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