Emociones: la esencia de una época

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Gustavo Entrala publica en su blog, Inspirinas, esta frase como «Una cita de esas que expresan la esencia de una época».

Como él dice, apelar a las emociones no tiene nada de nuevo. Se viene haciendo desde que los psicosociólogos descubrieron que estas existían y podían ser manipuladas. Es lo que viene haciendo la publicidad —marco, por cierto, en el que se mueve sobre todo el mismo Entrala— desde hace mucho tiempo, con tremenda fuerza y bastante eficacia para convencernos de que hay otros mundos siempre mejores que el nuestro a los que podremos acceder mediante el consumo. Lo ha hecho el cine desde que se inventó a veces con talento y otras veces sin gracia ninguna haciendo que empaticemos con los personajes que encarnan los actores conviertiendo a estos en mitos que luego nos venden café, dentífrico o incluso ideas. Siempre he sostenido por eso que el cine es ambivalente como educador porque no apela a nuestra inteligencia, sino a nuestro corazón y, de ese modo, lo mismo nos puede convencer de una cosa como de exactamente la contraria. Lo ha hecho — lo sigue haciendo— la televisión, cargada de colorines chillones, falsos debates, supuestos experimentos sociológicos y lágrimas, muchas lágrimas… para ganar audiencia.

En fin, se ha hecho siempre, sí, pero desde que los soportes audiovisuales desplazaron a la palabra del banquillo de la comunicación social y ahora también de la interpersonal, se ha hecho más y más profundamente.

Es muy penoso, muy fuerte y muy inquietante que internet, nacido para aumentar nuestro grado de libertad y de comprensión del mundo, no solo no haya conseguido revertir esa tendencia sino que haya terminado encabezándola hasta el punto de convertirla —a jucio de Gentrala— en «la esencia de una época ».

Referencias:

Mercadeo con nuestras emociones, gentrala en Inspirinas

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Montse Doval: Comunicación Efímera

Resultado de imagen de Montse Doval, Comunicación Efímera

Seguimos a Montse Doval desde hace años en su blog Internetpolítica que tenemos enlazado aquí como representante del Medioambiente Periodístico en la Red. Profesora de Teoría e Historia de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación del la Universidad de Vigo y observadora atenta de la realidad política y periodística analógica y digital, es para nosotros un referente  básico para entender lo que está pasando. Ahora, hace unos meses, ha publicado Comunciación Efímera, de la cultura de la huella a la cultura del impacto que nos hemos leído con atención. Tenéis nuestra síntesis completa enlazada como siempre al final del post, pero os destacamos aquí algunas de las ideas de su análisis.

Nos señala al comienzo cómo vivimos en la era del  impacta o perece, y en la que el espectáculo se ha convertido en norma básica de presentación e incluso en filtro de la información: lo que no es espectacular, no cuenta y por lo tanto ni siquiera existe. ¿Está ahora la gente mejor informada? –se pregunta. La respuesta es negativa: la promesa de ilustración de la red, ha dado paso a un internet confuso y oceánico en el que la mayoría de los usuarios y, lo que es peor, el periodismo y la información naufragan.

Los usuarios deslumbrados ante la rapidez y eficacia de la tecnología vivimos en ella sin percibirla como el pez nada sin ser consciente de la realidad del agua en la que lo hace,  al no poder o no saber distanciarse de ella, y nos entregamos sin resistencia e incluso con entusiasmo a trabajar para dotar de contenidos a las grandes corporaciones multimedia que acumulan ganancias y poder a nuestra costa. «Nadie ha tenido tanto poder en la historia de la humanidad como Facebook y Google. A estos dos gigantes, se les puede añadir Amazon y Apple, lo cual ya tiene un nombre en los medios americanos: GAFA. ¿Y saben qué? Que esas son las gafas a través de las cuales miles de millones de personas ven el mundo y a los demás. Están en una posición estratégica única: entre la realidad y el yo».

Distraídos con tanto estímulo y tanta información, bajo el imperio de las emociones, atrapados en los trucos del diseño de las interfaces de nuestros dispositivos cuidadosamente planificados para que nos resulten imprescindibles entregamos nuestros datos a los GAFA. «Yo te doy mis datos personales y tú me das correo electrónico, búsquedas personalizadas, redes sociales, espacio para mis fotos y vídeos. […] oro a cambio de espejuelos, pero en el siglo XXI». «Creo que de vez en cuando les tiene que dar la risa», dice la autora pensando en los prebostes de Silicon Valley frotándose las manos ante tanta ingenuidad global. En las tecnológicas, «las buenas intenciones que enuncian –“quiero hacer que la gente sea más abierta y esté más conectada”–  en realidad  se concretan en “quiero que el mayor número de gente pase el mayor tiempo posible atento a mi servicio”». Y es que los dispositivos creados para acceder a la comunicación y la información han sido diseñados –no solo por ingenieros, sino también por psicólogos especializados en la persuasión– para atrapar la atención y el tiempo de los usuarios haciendo que ambos, atención e información entren en crisis.

«Las interfaces de apps y smartphones no son tragaperras, son tragainstantes», pero, como aquellas, producen  miles de millones de beneficios a base de pequeñas aunque continuas aportaciones de los usuarios. «El diseño nos conduce hacia determinadas elecciones y nos dificulta otras. […] Las interfaces están diseñadas con intención. […] en este caso obviamente mercantil», dice Montse Doval y nos acerca de modo muy expresivo dos citas separadas por más de medio siglo de distancia:

«Nuestra era es la primera en la que miles de las mentes individuales mejores entrenadas han convertido en un negocio a tiempo completo entrar en la mente pública colectiva. El objetivo actual de dicha tarea es entrar para manipular, explotar, controlar. La intención es generar calor, no luz». (McLuhan en la década de los cincuenta.)

«Las mejores mentes de mi generación están pensando en cómo conseguir que hagas clic en un anuncio. Y eso apesta» (Jeffrey Hammerbacher –ingeniero de datos de Facebook- 2011)

Hay en el libro una crítica intensa y una preocupación profunda por el periodismo actual completamente entregado a la recolección de clics para lograr la presencia de la publicidad y con ella su superviviencia. Un periodismo entregado a la rapidez, la inmediatez, el impacto, lo efímero, lo superficial, lo espectacular, lo atrayente…  lo que no deja huella. Un periodismo volcado en «el interés del públicfrente al que reivindica otro posible y necesario que piense en el «interés público», que trabaje para darle a la gente lo que necesita saber en vez de dedicarse a entregar solo lo que a la gente le interesa saber.

Hay mucho más y aconsejamos vivamente su lectura, pero terminamos el post con un par de citas imprescindibles. Una de Dietrich Von Hikdebrand con la que Montse reivindica la recuperación del concepto de verdad  para plantarle cara a «la era de la posverdad, el postureo y el halago […] la dictadura de lo políticamente correcto [que conducen] al reinado de la demagogia»:

¿No se ve con claridad que, como es un crimen perturbar la paz cuando reina la verdad, también lo es permanecer en paz cuando se destruye la verdad? Hay, pues, un tiempo en el que la paz es justa y otro en el que es injusta. Está escrito que “Hay tiempo de paz y tiempo de guerra”: es el interés de la verdad el que los discierne. Pero no hay tiempo de verdad y tiempo de error; […] Por eso Jesucristo que dice que ha venido a traer la paz, dice también que ha venido a traer la guerra; pero no dice que ha venido a traer la verdad y la mentira. La verdad es, por tanto, la primera regla y el último fin de todas las cosas» (Pensees, 949)

 La otra –ya comentada en el blog– es de Chamath Palihapitiya, directivo de Facebook hasta 2011, en la que –dirigiéndose a estudiantes de Stanford–  menciona a Facebook, Instagram, Snapchat, Twitter, Wechat … como servicios que explotan la psicología de las masas, y  declara agotado el modelo de Silicon Valley

«Los negocios de Internet están en un momento de búsqueda de sentido, muchos trabajadores de las redes sociales y Google están confusos por lo que han construido. Siento una enorme culpabilidad. Allá en el fondo de nuestra mente lo sabíamos, pero simulamos que quizá no habría consecuencias realmente graves. […] pienso que hemos creado herramientas que desgarran el tejido social […] la retroalimentación rápida movida por la dopamina en bucle que hemos creado está destruyendo cómo funciona la sociedad: no hay discurso cívico, no hay cooperación, hay desinformación, mentiras y no es solo un problema americano […] es un problema global. […] Está erosionando el núcleo del comportamiento humano. No tengo una buena solución. Mi solución es que ya no utilizo esas herramientas en absoluto y no lo he hecho durante años. […] Nosotros hemos provocado el problema, editamos nuestra vida alrededor de esa sensación percibida de perfección que nos retribuye con esas señales de retorno rápido: corazones, likes, pulgares arriba […] lo que realmente es popularidad falsa y transitoria. Eso es ir al corto plazo y te deja –admítelo- más vacío y mas bobo porque te fuerza a un círculo vicioso  […] porque necesitas esa sensación de nuevo.

Puedo controlar mis decisiones, por eso no uso esa mierda. Puedo controlar las decisiones de mis hijos, por eso no pueden utilizar esa mierda.  […] cada uno tiene que reflexionar un poco más sobre lo que quiere hacer porque tus comportamientos –no te das cuenta- están programados.»

Referencias

Comunicación efímera. De la cultura de la huella a la cultura del Impacto, Montse Doval en Amazon

Comunicación efímera. De la cultura de la huella a la cultura del Impacto, Montse Doval. Síntesis literal en nuestra página Pensar los Medios.

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Play artesanal

Es lo que pasa cuando no les das todo hecho: la tecnología que no está, se convierte en técnica, manufactura, virguería, auténtico juego, aprendizaje… Y sin riesgo alguno de adicción.

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Aforismos tecnológicos

Alejandro Herrero Sebastiá se ha publicado un librito del que compartimos algunas perlas:

Inversión

«Aún existían en el siglo pasado familias que tenían hijos; luego apareció la televisión, la pusieron en mitad del salón y entonces la televisión tenía una familia»

(No he leído mejor descripción de lo ocurrido en estos últimos 50 años que la de este microrrelato. Es perfecto, redondo, exacto)

Soledad:

«—Te hemos desterrado. Estás solo -le dijo un adolescente a otro desde la soledad de su ordenador.»

(La soledad, la no presencia, el anonimato del yo frente a la pantalla-frontera del dispositivo tecnológico que elimina la empatía, el roce y el esfuerzo de la mirada-respuesta del otro)

Desorden

«[…] se pasaba el día sentado frente a un ordenador, con el corazón desordenado.»

(No es delante de una pantalla sino detrás donde se forja el talento, la inteligencia,  la afectividad y el equilibrio necesarios para dominarla. Lo contrario es el caos)

Movilidad sedentaria

«El auto es móvil, el teléfono es móvil, el ordenador es portátil: todo se mueve en el entorno de un sedentario, menos él.»

(Todo se mueve, todo ocurre, todo pasa … sin nuestra intervención. Los clics -aunque a veces tengan consecuencias desastrosas- no son nada.Y  además, engordan)

Panóptico

«¿Quién observa a quién? ¿Yo a la tecnología o la tecnología a mí»

( ¿Quién domina a quién…?¿Quién posee a quién…? )

Objetos

«Materialismo: tratar a los objetos como personas y a las personas como objetos»

(Y en la medida que tratamos a los objetos como personas, acabamos tratando a las personas como objetos)

Referencias:

Alejandro Herreros Sebastiá, Recorriendo el meridiano,  Círculo Rojo Editorial,

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Google nos crea

Google

La publicación por la web The Verge de este vídeo elaborado inicialmente para uso exclusivamente interno de Google nos parece tremendamente expresiva para definir lo que se nos viene encima si no logramos modificar esta tendencia aparentemente imparable. Nadie que vea esto y logre entender las ideas que se sugieren puede volver a repetir esa despreocupada frase de “Como yo no he hecho nada malo, ¿qué me importa que controlen mis datos?“. Como hemos repetido muchas veces, está en juego mucho más -con ser mucho- que  la libertad individual. Lo que aquí se desarrolla como hipótesis es que una corporación privada puede llegar a modificar el comportamiento individual y social basándose en el análisis de nuestra huella digital proporcionada por nuestros clics y por los imputs enviados desde  la cada vez más global y generalizada internet de las cosas.

Como si los datos fueran genes que nos caracterizan, se hace un paralelismo entre la investigación del genoma humano, la epigenética (que sostiene que, si bien tu comportamiento no altera tu ADN, sí puede activar o desactivar determinados genes, y dichas variaciones pueden transmitirse a los descendientes), la teoría del “gen egoísta” y el Big Data. A medida que utilizamos la tecnología, se crea un rastro de información (…) esta información describe las acciones, decisiones, preferencias, desplazamientos y relaciones” de cada individuo, dice el vídeo.  “Una versión codificada de nosotros mismos, que se vuelve cada vez más compleja”. Así, en lugar de obedecer a nuestros genes, obedeceríamos a nuestros datos, y estos datos, además de orientar nuestro comportamiento, se transmitirían a nuestros hijos y a toda la especie a través del Selfish Ledger: un archivo digital guardado en la nube del que Google sería responsable elaborando, manteniendo, analizando, dirigiendo y reorientando sus datos y recolectando la mayor cantidad posible de información de cada usuario.

Por supuesto que Google ha declarado que esto no es más que una hipótesis solo para pensar en cosas y tal y tal y que, por supuesto, nada de esto se considera en serio y bla, bla, bla… Pero ahí está: amenazando con el viejo “si se puede hacer, hazlo” típico de la ciencia sin escrúpulos.

Estremecedor.

Y, probablemente, sin embargo, nada cambie y sigamos en este paraíso digital encantados de conocernos. Esto también es estremecedor.

En fin: aquí tenéis la traducción y la transcripción del vídeo en cuestión gentileza de José Miguel López. (Gracias, amigo).

El libro de registro egoísta

Este hombre es Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, Caballero de Lamarck. En 1809, 50 años antes de que Darwin publicara “El Origen de las Especies“, escribió el que es hoy ampliamente reconocido como la primera teoría completa de la evolución. Su libro “La Filosofía Zoológica” introdujo la noción de la existencia de un código interno en cada uno de los seres vivos, que cuando se transmite en sucesivas generaciones, define las características fisiológicas de las especies.

En el centro de la teoría de Lamarck estaba lo que denominó “la fuerza adaptada“. Creía que las experiencias de un organismo durante su vida modificaban este código interno y que con la reproducción se transmitía esta versión modificada a los descendientes. Una teoría que aunque no biológicamente exacta y superada finalmente por la teoría de la selección natural de Darwin, está a medio camino de las actuales teorías epigenéticas – que sostienen que, si bien tu comportamiento no altera tu ADN, sí puede activar o desactivar determinados genes, y dichas variaciones pueden transmitirse a los descendientes (aclaración del traductor)– y que están empezando a encontrar acomodo en lugares inesperados.

Datos de usuario lamarckianos

Cuando utilizamos tecnología contemporánea, se crea un rastro de información en forma de datos. Al analizarlo, describe nuestras acciones, decisiones, preferencias, movimientos y relaciones. Esta versión codificada de quiénes somos siempre se hace más compleja, desarrollándose, cambiando y deformándose según nuestras acciones. Así, este Registro de nuestros datos podría considerarse un epigenoma lamarckiano, una representación constante de quienes somos.

Genética egoísta

Este es Bill Hamilton, uno de los más notables teóricos evolucionistas del siglo XX. Sus trabajos estudiando las estructuras sociales de las hormigas, abejas y avispas, tuvieron un profundo eco para comprender el papel de los genes en el comportamiento social, como el altruismo. Él creía y quiso demostrarlo, que la fuerza que mueve la evolución, no es el individuo, sino los genes.

Declaró que el  criterio definitivo que determina si un gen se extenderá, no es si el comportamiento beneficia al sujeto, sino si beneficia al gen.

A mediados del siglo XVIII, el biólogo evolucionista británico Richard Dawkins se apoyó en los trabajos de Hamilton y otros para popularizar el concepto de “El gen egoísta”. En su libro del mismo título introdujo la noción de un gen que estando vacío de de cualquier motivación o deseo, podría describirse metafóricamente y pedagógicamente como si no lo estuviera.

Según este modelo, el organismo del individuo es un portador temporal, una máquina de supervivencia para el gen.

Los principios de diseño centrados en el usuario han dominado el mundo de la computación durante décadas. Pero, ¿qué ocurre si miramos las cosas de un modo un pelín diferente? ¿Qué pasaría si al Registro de cada usuario se le otorga un propósito volitivo, en lugar de actuar simplemente como una referencia histórica?  ¿Qué pasaría si introdujéramos más fuentes de información? Qué ocurriría si en lugar de considerarnos los propietarios de esta información, fuéramos sus custodios, portadores temporales o cuidadores?

Episodio 1 – El grillo parlante

En un principio, en la idea de un Registro orientado a conseguir objetivos, quizá motivados por los usuarios, Google, como organización, sería responsable de ofrecer objetivos apropiados para el Registro de los usuarios.

Mientras que la noción del bien global es problemática, posiblemente los temas se centrarían en el impacto para la salud o el medio ambiente, para reflejar los valores de Google como entidad.

Cuando el usuario haya introducido su intención para su Registro, cualquier interacción puede compararse a series de opciones paralelas. Si una de estas opciones permitiera al Registro acercarse a su objetivo, se la ofrecería al usuario. Con el tiempo, al seleccionar estas opciones, el comportamiento de los usuarios puede que se modificara y el Registro se acercaría a su objetivo.

Episodio 2 – La pluma de Cornelius Fudge

Conforme se acelera esta línea de pensamiento, se hace más sugestiva la noción de Registro. Las sugerencias podrán realizarse no por los usuarios, sino por el propio Registro. En ese caso, al Registro le faltaría una fuente fundamental de datos, que es necesaria para la mejor comprensión de cada usuario.

Para resolver esta laguna de conocimiento el Registro se pone a buscar un aparato que proporciona los datos requeridos al ser utilizado. De esta lista, el Registro empieza a escoger las opciones que tengan más probabilidades de satisfacer al usuario en cuestión.

En las situaciones en que no se encuentre un producto apropiado, el Registro podría investigar una solución a medida. Analizando datos históricos es cada vez más posible discernir información de calidad, como el gusto y la sensibilidad estética, que podría utilizarse en la creación de una propuesta diseñada.

Con la llegada de tecnología como el CNC milling y la aparición de posibilidades de impresión en 3-D, podría crearse un objeto a medida para despertar el interés de estos usuarios. De esta forma, el Registro es capaz de superar la laguna en su conocimiento y afinar su modelo de comportamiento humano.

Episodio 3 – Unus pro omnibus

Los datos del usuario tienen capacidad de sobrevivir mucho más allá de nuestros límites biológicos, mayormente de la misma forma que el código genético se libera y se propaga en la naturaleza.

Considerando estos datos desde el punto de vista lamarckiano, la experiencia codificada dentro del Registro, se convierte en una acumulación de conocimiento de la conducta a lo largo de la vida de un individuo.

Si consideramos al usuario de datos como multigeneracional, resulta posible que los nuevos usuarios se beneficien de los comportamientos y decisiones de las generaciones precedentes.

Conforme aparecen nuevos usuarios en el ecosistema, comienzan a crear su propio rastro de datos.

Al comparar este Registro que emerge, con la masiva cantidad de datos históricos de usuarios, se hace posible hacer predicciones cada vez más exactas sobre las decisiones y los comportamientos futuros.

A medida que se amplían los ciclos de recogida y comparación, se hace posible desarrollar el entendimiento a nivel de especie de asuntos más complejos como la depresión, la salud o la pobreza.

Nuestra habilidad para interpretar los datos de usuarios, unida al crecimiento exponencial de objetos dotados de sensores, resultará en un registro detallado de quiénes somos como personas.

Conforme se reúnan estas corrientes de información, el efecto se multiplica: aparecen nuevos modelos y surge la capacidad de nuevas predicciones posibles.

Secuenciación conductista

Desde la década de los 70, se han hecho enormes esfuerzos en secuenciar el genoma humano. Hoy, después de muchos años de investigación y miles de millones de datos, conocemos esa secuencia.

Tomando una perspectiva similar con los datos de los usuarios, podremos empezar a compreder mejor su papel. De la misma forma que el examen de las estructuras de las proteínas, abrieron el camino de la secuenciación genética, el examen masivo multigeneracional de acciones y resultados podría introducir un modelo de secuenciación conductista.

Conforme la secuenciación de genes produce un mapa completo de la biología humana, los investigadores son cada vez más capaces de señalar partes de la secuencia y modificarla para conseguir el resultado deseado.

Conforme comienzan a aparecer los patrones en las secuenciaciones conductistas, también podremos señalarlos. Será posible dirigir el foco del Registro, desplazándolo de un sistema que no sólo rastrea nuestro comportamiento, sino que ofrece indicaciones hacia el resultado que se desee.

Estamos en el auténtico comienzo de nuestro camino para comprender los datos de los usuarios. Aplicando nuestros conocimientos de epigenética, herencia y mimetización a este campo, podríamos ser capaces de dar un salto en nuestra comprensión, que beneficiaría a nuestra generación, a las futuras y a la especie en general.

Escrito por Nick Foster y David Murphy

Gracias, Nick y David, pero, por favor, no nos beneficiéis.

 

 

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