Exconectados: ¿algo más que una moda?

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Beatrice, nos manda un artículo de Irene Hernández Velasco en El Mundo que no tiene desperdicio y que conecta perfectamente con nuestro post anterior: «Desconectados: la nueva tribu urbana que abandona internet para abrazar la vida real». Se trata de unos cuantos “autistas” que han decidido dejar de serlo. De unos cuantos “ciberzombies” que han resucitado.

En apariencia no deja de ser uno de esos reportajes de “tendencias” relacionadas con la moda o el modo de vivir que es la moda aplicada a la vida, pero está lleno de aciertos en su lenguaje y en su planteamiento, en forma y en fondo; y constituye a mi juicio –en este caso sí– una tendencia, un indicio de que las cosas están cambiando, de que surgen voces discrepantes al ciberoptimismo hegemónico, de que la realidad puede finalmente ganarle la partida al márquetin y el hombre a la máquina. Un síntoma de una enfermedad social, de un cansancio ante una opresión que puede llegar a ser agobiante, de una búsqueda de alternativas vitales y físicas a la nanidad virtual de muchas de nuestras conexiones. Existen personas reales, jóvenes, que han nacido ya con la tecnología –ya saben: los mal llamados nativos digitales– como las citadas en el artículo que «voluntariamente, han decidido poner freno a la vorágine de internet y hacerle un corte de mangas a eso de la hiperconectividad. Unos marcianos que han resuelto aparcar la vida virtual para dedicarse a vivir la vida real». Hablamos, dice la periodista de personas que «sentían que estaban perdiéndose la vida de verdad, ésa que tiene lugar fuera de la pantalla. Veían como los tentáculos de la web y de las redes sociales les estaban arrastrando a la adicción, y decidieron echar el freno antes de que fuera demasiado tarde. Hablamos de gente de entre 25 y 49 años, de la clase alta, universitarios, que se movían como pez en el agua por la web y que un buen día decidieron salir de Facebook y de Twitter y limitar su uso de internet al mínimo y a aspectos muy concretos» y prácticos.

¿Por qué?

Primero: No les gusta el tipo de relación que la red y las redes imponen

«Cuando paso por una terraza y veo a dos personas sentadas la una frente a la otra mirando cada uno su móvil me pongo malo. Estamos perdiendo las conversaciones, las relaciones cara a cara, lo auténtico, lo natural. Nos venden que gracias a las redes sociales estamos cada vez más conectados pero mi sensación es la contraria: creo que nos aíslan, nos hacen cada vez más individualistas».

Segundo: el navegar muy a menudo nos lleva a naufragar y, además está vigilando el Gran Hermano:

«Me conecto lo justo. Consulto lo que me interesa y basta, no pierdo el tiempo saltando de una página web a otra. Además, le doy mucha importancia a la protección de mis datos. Todos sabemos que en internet hay un inmenso negocio con los datos de los usuario

Tercero: no pasa nada. Se puede vivir conectándose pero sin estar conectado

«Mis amigos saben que no tengo redes sociales ni Whatsapp, así que cuando quieren contactar conmigo me llaman. No es tan difícil». « Al revés: la gran paradoja es que los desconectados sienten que reconectan con el mundo real»

Cuarto: la cosa se estaba convirtiendo en una adicción superficial e inútil:

«Sentía que internet me estaba esclavizando, que era una relación parasitaria que afectaba a mi dinámica familiar. Sentía saturación tras horas y horas navegando a la deriva, saltando de una página a otra sin ton ni son, viajando de un hipervínculo a otro, en apariencia haciendo de todo pero en el fondo no haciendo absolutamente nada, porque con mucha frecuencia la información que obtenemos después de un día pegados a la pantalla es dispar, en ocasiones contradictoria y no tardamos en olvidarla»

Quinto: la red te enreda.

Hace tan sólo 10 años, Internet era una herramienta de consulta. Uno se hacía una pregunta y sólo después buscaba la respuesta en la red. Pero hoy la dinámica ha cambiado por completo. El tiempo vacío se ha llenado de paja. Muy a menudo es internet quien formula las preguntas, robándole al individuo nuevos marcos de referencia. Internet es omnipresente porque está activo siempre y en todas partes. Al ocupar gran parte de nuestra vida, hace que con frecuencia descuidemos a las personas a nuestro alrededor”.

Sexto: la obsesión por mantener un perfil, puede llegar a bloquear tu vida

Soy la chica que lo tuvo todo y quiero decirte que tenerlo todo en las redes sociales no significa nada en tu vida real. He dejado que se me definiera por los números y lo único realmente me hacía sentir bien era conseguir más seguidores, más megustas, más repercusión y visitas. Nunca era suficiente“. (Essena O’Neill, una bloguera australiana que contaba con 500.000 seguidores en Instagram, 20.000 en Snapchat y 250.000 en YouTube y que, el año pasado, decidió acabar con la obsesión de perfección que marcaba su vida)

Séptimo: compartir es trabajar gratis para otro que es el que gana dinero.

«Cuando el usuario medio abre su teléfono o su navegador, todo responde a la misma lógica subyacente: enviar información a no se sabe muy bien quién y recibir información de no se sabe muy bien quién. Compartir. Pero cuando compartimos somos trabajadores sin salario para un jefe anónimo, generamos contenido para las plataformas y, por tanto, tráfico y visitas. Esa vorágine engancha». «La nueva red ya no es una herramienta al servicio de la humanidad, sino un sistema que pone a la humanidad a su servicio».

(Los testimonios son de David Marcian, cineasta y Enric Puig Punyet, Doctor en Filosofía y escritor, autor de La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo (Editorial Arpa) un libro que acaba de ver la luz –y que nos aparesuraremos a leer y reseñar aquí– y en el que relata los casos de varias personas que, como él, han decidido desconectarse de la red no por romanticismo, sino por salud mental y calidad de vida. También tiene una web que se dedica a estudiar el fenómeno de la red y sus efectos relacionales: Instituto Internet)

Referencias

Artículo de El Mundo completo

http://www.institutinternet.org

La Gran Adicción, Enric Puig, Arpa editorial

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