¿De qué se ríen?

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Salón de actos del colegio. Les pongo una película a los alumnos de Secundaria para hacer un forum posterior. Doce a dieciséis años. Se trata de una comedia italiana, sencilla, fácil de ver. Por supuesto en color. Absolutamente contemporánea. Observo dos fenómenos  en su forma de afrontar el cine que me llaman la atención: por un lado, les cuesta aprovechar la oscuridad, la música, el sonido, la luz de las imágenes y meterse en la historia. El cine ya no les envuelve y les atrapa. La longitud de la cinta, los cambios de ritmo, los diálogos les aburren y tienden a distraerse. Van y vienen. Las escenas de acción, algún diálogo picante, las imágenes más sugerentes les llaman, pero abandonan una y otra vez el hilo narrativo. No soportan la profundidad, aunque sea banal, pero tampoco la longitud aunque no sea excesiva.

De repente -y aquí el otro fenómeno llamativo-  el protagonista montado en una moto, es arrollado violentamente por una furgoneta en una escena tremenda que por  brusca,  inesperada y sin sentido, deja sobrecogido al espectador. A mí, que ya la he visto varias veces, me afecta casi tanto como la primera vez. Ellos… se ríen. La sala debería enmudecer impresionada y, sin embargo, aquí se oyen risotadas y comentarios. La escena les divierte. Algunos distraídos se lo han perdido y preguntan a los que ríen qué ha ocurrido para reírse con ellos. La muerte, la tragedia, la violencia les resultan triviales y divertidas. El espectador adolescente parece haber perdido la capacidad de empatía. Ya no se identifica con el dolor del que siente dolor, aunque sea un personaje. No deja de ser espectador y le provoca risa. Parece acostumbrado a mirar la desgracia como un espectáculo.

Ninguno de los dos fenómenos es nuevo. Lo vengo observando de unos años para acá. Me resulta desconcertante el poco cine que ven. En las encuestas que hago habitualmente en clase, solo unos pocos se desplazan al cine alguna vez. Cada vez hay más que han pasado su infancia sin ver ni siquiera las típicas películas de Disney o Pixar. Ya no sirve en Historia acudir al ejemplo de películas para ilustrar algunos periodos concretos. A la pregunta de “¿Habéis visto tal o cual escena de tal o cual película?” cada vez menos contestan que sí. No hay modo de encontrar referencias cinematográficas comunes para ilustrar la asignatura. 

Su referencias básicas están en otra parte: Snapchat, Instagram, los selfies y los vídeos del fin de semana, cada vez menos Facebook, algunos Periscope, muy pocos Twitter, son demasiado jóvenes. Los más aficionados, siguen algunas series de televisión a través del móvil o la tableta. Los de cuarto -15 y 16 años- llevan consumiendo pornografía desde 5º, 6º o 1º de ESO dependiendo de cuándo les compraron el móvil. Lo han visto casi todo sin entender casi nada. Unos pocos han explorado de mirones, las posibilidades de Tinder o Badoo. Los de 1º están locos con Musical-ly. Y, por supuesto, YouTube, la madre de todas las redes y referencias para el púber y el adolescente medio.

Elena Castelló en el semanal Mujer Hoy, ofrece un reportaje muy significativo: “¿De qué se ríen nuestros hijos?”. En él se dibuja un cuadro que puede explicar en gran medida mi experiencia colegial y mi estupor. YouTube, el servicio más consumido por menores cada vez más menores, constituye un grave problema educativo y ético por el tipo de contenido que les ofrece. Los youtubers son auténticas estrellas, modelos de referencia, profesionales adultos que fabrican unos espacios vacíos y simplones, pero incomprensiblemente atractivos para millones de púberes y adolescentes: comentarios graciosetes, bromas telefónicas o con cámara oculta, (travesuras o pranks), tacos, comentarios chulescos, racistas y machistas, y hasta agresiones a mascotas. Todo aderezado con decenas de tacos y comentarios con connotaciones adultas  poco apropiadas para unos seguidores sin criterio como son los menores. «Este tipo de contenidos -afirma una psicóloga- hace que los chavales pierdan la noción de la realidad y de  lo razonable. Y que consideren normales conductas que no lo son, como bromas que hacen daño o humillan y se difunden». «Los chicos de ahora carecen de ingenuidad -dice otro-  en comparación con generaciones anteriores, aunque no tienen más madurezel subrayado es mío. Ese tope de respeto o de ponerse en el lugar del otro que era intocable antes, lo traspasan con naturalidad, porque se relativiza de forma constante». Consecuencia, se concluye en el reportaje, una total falta de empatía.

Les compramos el móvil a edades cada vez más temprana por la simple presión del todos lo tienen” (argumento que a ellos mismos les parece risible -me lo han confesado en clase, palabra-, pero que saben que funciona). Les robamos la infancia, les dejamos solos frente a modelos que les van a hacer una propuesta desgreñada y zafia que alimentará una sensibilidad insensible a la verdad, la bonda y la belleza… Y ellos se ríen, sí, se divierten sin siquiera saber que hay otro mundos que también están en este. Pero lo malo es que los padres también se ríen mirándolos tan “listos” y “avanzados” con sus pantallas.

Aunque a cada vez más -de los unos y de los otros- se les está empezando a congelar la sonrisa. Esperemos que no sea tarde.

Referencias:

Reportaje de Elena Castelló

 

 

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