Hadjadj, otra vez

la suerte de haber nacido en nuestro tiempo-fabrice hadjadj-9788432146725

En un breve librito publicado por Rialp, se recoge una conferencia de Fabrice Hadjadj, titulada “La Suerte de Haber Nacido en Nuestro Tiempo“, en la que además de reiterar las ideas que ya recogimos aquí en “Dios y los medios” sobre los límites de la tecnología para la evangelización más profunda por la desencarnación que supone su mediación, el filósofo hace algunas reflexiones interesantes sobre la tecnología y su repercusión en nuestra Medioambiente que, aunque de nuevo se inscriben en el ámbito teológico cristiano, son muy sugerentes para el estudio de los efectos en el ámbito de lo humano.

En el apartado 3 expresivamente titulado La era de la tecnología y la exigencia de la austeridad”, dice, entre otras cosas, lo siguiente:

«Nuestra época ya no es esencialmente la de la ideología, sino la de la tecnología» […] «Nos hallamos en la época del In vitro veritas, sea el cristal de las pantallas o el vídrio de las probetas»

Quizá por eso sea también la época del posmodernismo y de la posverdad porque la tecnología no conlleva sino técnica y no necesita sino de una fe ciega y una entrega entretenida en su eficacia. Por eso,  el relativismo no es tanto una doctrina sino que

«El relativismo es más bien el efecto del dispositivo mediático. Los medios de comunicación necesitan espectáculo y news. Ahora bien, para que haya espectáculo, es preciso un choque de posiciones y que estas se contrapongan; y, si solamente se trata de news, es preciso que esa noticia no sea Buena Noticia, que su novedad no tenga ningún impacto existencial, sino que nos coloque en una situación de espectador no comprometido, indignado pero pasivo, implicado pero entretenido». 

Y lo mismo ocurre quizá con la cuestión de género y la deriva de la bioética:

«Lo que hace que el hombre pueda presentarse como un sujeto neutro que construye su género es el hecho de que las biotecnologías reducen su cuerpo a una suma de funciones manipulables»

Y es que

«Los medios no son neutros. Podemos hacer nuestra la espléndida frase de Marshall MCLuhan”el medio es el mensaje”. El medio impone su formato al mensaje. Si ese medio es el Mediador en carne y hueso (Hb, 8, 6) el formato se metamorfosea en forma divina, el precepto se transforma en presencia, el corpus en cuerpo, el anuncio en rostro y el mensaje en misterio. Si ese medio es informático […] todo se reduce a una información automatizada, y la presencia se transforma en descarga, el cuerpo en bits y píxeles, el rostro en “perfil” y el misterio en “mensaje”, […] hacer del Evangelio la notificación de algo en vez del encuentro con alguien.».

De  nuevo la insistencia en la desencarnación sin rostro, la despersonalización del encuentro sin el cara a cara que plantea la mediación tecnológica:

«Aunque en las redes sociales podemos iniciar un “contacto“, este debe convertirse en con tacto: tiene que pasar a la dimensión del “tocar”…; y ese tocar no debe tener otro fin fuera de sí mismo: debe ser simplemente un lugar de comunión»

Nos sobran medios y nos falta encuentro y finalmente convertimos a los medios en pantalla protectora que nos evita los riesgos del directo:

«Nos hundimos bajo el peso de los medios que se interponen entre el prójimo y nosotros. [Porque] esa interposición nos protege de la exposición»

La división, la separación, empieza en el núcleo duro de la relación interpersonal:

«la familia sufre menos el ataque de la ideología que de la tecnología. Ya no nos reunimos en torno a la mesa familiar: cada uno come delante de la puerta de la nevera antes de regresar corriendo a su pantalla privada. Las familias se hallan rotas bajo su propio techo y el individuo que surge de ellas también esta roto, fragmentado, dividido en las distintas ventanas abiertas de su “navegador”, que le impide el recogimiento»

Volver a la atención concentrada, el encuentro personal y el encuentro con la naturaleza, con lo que tiene consistencia física, volver a descubrir la carne que somos:

«Para que las personas hipnotizadas por lo virtual y por el atomismo vuelvan a abrir su espíritu, es preciso empujarlas a trabajar con las manos, a tocar un instrumento musical, a desbastar una madera, a cultivar un huerto  […] las exigencias de lo manual disipan los espejismos de lo digital.

El Verbo se hizo carne y se hizo carpintero. No es algo anecdótico. Quiso trabajar con sus manos la madera […] materia en latín»

«Ante la desencarnación, encontrar la carne»

Referencias

“Tablette vs table” en el blog

Dios y los medios, también en el Blog

La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, Fabrice Hadjadj, Rialp, 2016

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario

5ª Sesión “140 caracteres…”: control parental

Con el lema “SÍ SE PUEDEN PONER PUERTAS AL CAMPO -incluso se debe-.” el próximo martes a las siete de la tarde, ASUME volverá a la carga con un tema clave por lo desconocido: lo que la tecnología nos ofrece a los padres para controlar la tecnología de nuestros hijos.

Es cierto que la educación no es controlar, es mucho más, pero controlar sigue siendo necesario, quizá hoy más que nunca. El primer control es la fundamental decisión de la compra del smartphone, y a partir de ese momento viene todo lo demás. Exigir responsabilidad en el uso de la tecnología, pero controlar que esa responsabilidad se va ejercitando y cumpliendo. Hablaremos de “madurez”, de “edades”, de “circunstancias”, y hablaremos sobre todo de dispositivos, que los hay.

Los que podáis, no faltéis.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Patosos digitales

Resultado de imagen

Llevamos ¿quince años? combatiendo en la arena intelectual del medioambiente simbólico  la ambigüedad engañosa, torticera y deformadora de la oposición “nativo-emigrante” que Prensky tuvo la ocurrencia de alumbrar.

Una oposición basada en una hipótesis que iba por completo contra el sentido común y que, sin embargo, fue aceptada de inmediato por la comunidad científica, por la prensa y por la sociedad entera. Que la comunidad científica la recibiera con entusiasmo es preocupante porque dice mucho de cómo está dicha comunidad y lo que tiene de científica. Pero fue mucho peor en sus consecuencias para la sociedad porque en esa oposición se escondía -como ya hemos explicado en otro post- “no una descripción neutra, sino una oposición maniquea y cualitativa –hábil/torpe, listo/tonto, preparado/no preparado, joven/viejo...– que de inmediato prestigió lo nativo y desacreditó lo emigrante provocando el denominado complejo Prensky: una especie de inferioridad generacional previa a cualquier posicionamiento frente a la tecnología. En Educación, indujo por la misma rrazón a la fijación del tópico de la llamada brecha digital, un concepto acuñado en principio para categorizar diferencias económicas y sociales en el acceso a la tecnología  que aquí se convierte en una brecha generacional: los alumnos y los hijos, solo por serlo, tienen un cerebro distinto y son mucho más hábiles que sus profesores y que sus padres yendo siempre por delante de ellos en el uso y productividad tecnológicos. De ahí se han derivado toda una serie de afirmaciones igualmente tópicas en relación con el aburrimiento de los alumnos en las aulas, el uso de las TICs y la introducción de las redes sociales en la educación sin las que los alumnos son incapaces supuestamente de acceder al aprendizaje ya que no solamente hacen cosas distintas, sino que son diferentes y hay que enseñarles por tanto con diferentes metodologías. Tópicos sin base alguna, digo, porque para nosotros siempre ha sido obvio que el uso de la tecnología no es una cuestión de habilidad de los pulgares en la pantalla o en el teclado, sino que es un problema de productividad y rendimiento o de pasividad y pérdida de tiempo. Es decir, en la tecnología de la comunicación y la información y especialmente en internet y en las redes sociales, la competencia no viene dada por el tiempo que se pasa en ellas, sino por la utilidad que se les puede sacar en cada visita”.

Un artículo de El Mundo reseña un libro recién publicado con el título de “Los Nativos Digitales no existen” en donde, por fin, una serie de expertos que han estado callados y utilizando dicha fórmula una y otra vez (Enrique Dans, Genís Roca, Juan García, Andy Stalman, Dolors Reig o Borja Adsuara), afirman ahora que nuestros hijos y alumnos no llevan la tecnología en los genes y que están, por el contrario con unos nivels de competencia digital bajo mínimos porque utilizan la tecnología no para lo mucho que esta puede dar de si, sino básicamente para entretenerse, compartir, alimentar su perfil y hacer el gamba en la red.

La coordinadora del libro –Susana Lluna– se atreve a echar la culpa a los padres que los han abandonado como huérfanos en la red. Lo dijimos entonces y lo repetimos ahora: quince años de oír repetido una y otra vez lo listos que eran los chicos solo por haber nacido y lo tontos que éramos los demás solo por haber llegado tarde son muchos años para que toda una generación de progenitores se atreviera a intervenir ante tanta habilidad innata. Y era, además, todo tan bonito, tan ciberoptimista, verles desde pequeños con las tabletas y el ordenador  y luego el smartphone mostrando tanta destreza, que a cualquier padre se le caía la baba de gusto viéndoles teclear a tanta velocidad mientras ellos apenas si podían entender cómo se encendía el móvil.

Ahora, quince años después, resulta que no solo no eran tan listos, sino que son en realidad, patosos digitales, y que, en palabras de Enrique Dans, «las promesas de una generación capaz de entender el funcionamiento de las herramientas han resultado ser completamente falsas: salvo en casos excepcionales, hablamos de una generación que se limita a utilizar las aplicaciones que les vienen dadas, e incluso usuarios simplistas, que emplean un número muy limitado de herramientas para muy pocas funciones». ¡Ah, caramba! O sea que falsas las promesas de la ciberutopía… Vaya, vaya, vaya… Me temo que desgraciadamente no serán las últimas rectificaciones que la vida real les va a obligar a hacer a algunos.

Dicen que dice el libro que además de acompañarles en el uso de la tecnología en lugar de limitarse a comprársela, hay que enseñarles a desconectar y crear espacios sin tecnología… Un poquito tarde ¿no?

En fin, más vale tarde. Bienvenida sea la rectificación. Pero habrá que repetirla y vocearla un poco para que llegue a anular el mensaje anterior que de tan repetido, se ha grabado a fuego. Recuerden: desde ahora no son nativos, son patosos digitales.

Referencias

No son nativos y emigrantes, sino residentes y visitantes, post del blog

‘Los nativos digitales no existen’

Artículo completo en EL Mundo .es

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | 2 comentarios

“Millennials”, móviles, redes, relaciones, Sinnek

El escritor inglés Simon Sinek describe en una entrevista en la plataforma web Inside Quest, lo que a su juicio caracteriza a la generación etiquetada como “Millennials”, es decir, los nacidos ya en medio de la marea digital entre 1984 y 1995. Una generación marcada por el retraso en la entrada en la edad adulta, la insatisfacción laboral y vital, el desconcierto y la inmadurez, que les ha hecho merecer también el calificativo de “Generación Peter Pan”.

La entrevista de Inside Quest es muy interesante para nosotros por dos motivos. Por un lado, se trata de un modelo de entrevista televisiva que se aparta completamente de la televisión al centrar toda su atención en la palabra más que en la imagen, en el primer plano y plano medio del que tiene algo que decir, en la destrucción del concepto del entrevistador estrella y en la pulverización del tiempo limitado para permitir la expresión larga y completa de ideas. Por otro lado, en la descripción de Sinek, sintética, expresiva, accesible, simpática, divulgativa,… pero muy certera, hay un apartado amplio e interesantísimo dedicado a la influencia de la tecnología en las relaciones humanas y en la conformación del carácter de toda esa generación y que es lo mejor que hemos oído –y decimos oído y no visto (ya saben: la palabra)- hace tiempo.

Aquí tenéis el vídeo y más abajo, la transcripción libre y casi completa por si alguien le apetece leer más despacio y meditadamente su contenido.

Tras fijar cronológicamente a la generación que describe y definirla como una generación frustrada, narcisista y fundada más en los derechos que en las obligaciones, Sinek descarga de toda culpa a los que la forman y se lanza a explicar las causas de que se haya producido en los Millennials tanta acumulación de errores. A su juicio, lo que ha fallado en su gestación se puede dividir en cuatro campos: la educación recibida, su relación con la tecnología, la impaciencia vital en la que han vivido –también muy relacionado con el ambiente tecnológico-  y el contexto laboral en el que les ha tocado insertarse.

“En primer lugar, su educación: les dijeron continuamente que eran especiales. Les dijeron que tendrían todo lo que quisieran solo con quererlo. Algunos recibieron determinadas notas escolares,  solo porque sus padres se quejaron, no porque los merecieran; medallas solo por participar, no por ganar; les dieron una medalla por llegar los últimos. 

El objetivo era no dañar su autoestima, pero se consiguió todo lo contrario ya que, una vez devaluado el valor de la medalla o de la nota, hace  que el que las recibe injustamente no solo no las valore sino que se siente peor porque sabe que no las merece. Y en cuanto se gradúan y se incorporan a la vida real comprenden que no son en absoluto especiales, que su madre no puede conseguirles un ascenso yendo a protestar, que no consiguen nada cuando llegan los últimos y finalmente que no se alcanza algo solo por desearlo. De ese modo la autoestima falsa se derrumba y tienes toda una generación con menos autoestima que las anteriores… Y no es culpa suya.

En segundo lugar su relación con la tecnología: crecieron en el mundo de Instagram y de Facebook en el que es muy fácil poner filtro a las cosas. Son expertos maquilladores diciéndole a la gente que la vida es maravillosa incluso cuando la realidad es que estás profundamente insatisfecho o deprimido. Todos aparentan saberlo todo, aunque en realidad, hay muy poca fortaleza real en ellos y pocos saben realmente todo. Pero se han acostumbrado a aparentar.

Además, se sabe que la interacción con las redes sociales y nuestros móviles libera en nuestro cerebro la hormona Dopamina cada vez que recibimos un mensaje. Es una pequeña recompensa. Si nos sentimos un poco deprimidos, enviamos diez mensajes a diez amigos distintos diciendo “hola”, “hola”, “hola”, “hola”, “hola”…  y nos sentimos bien cuando recibimos las diez respuestas. No estamos solos. Por eso volvemos una y otra vez a ver qué está pasando. “Mi perfil de Instagram está recibiendo pocas visitas. ¿hice algo mal? ¿ya no les gusto?”. La presión provocada por el miedo a ser eliminado como “amigo”, no ser tenido en cuenta, es enorme. Sabes que si consigues mantenerte te sientes bien. Nos gusta y volvemos a hacerlo.

La Dopamina nos hace sentir bien del mismo modo que en cualquier otra adicción en la que actúa: fumar, beber, apostar… Es altamente adictiva. Por eso, tenemos restricciones de edad para beber, fumar y apostar, pero ninguna para las redes sociales y los móviles. Es como abrir la licorera y decirles a los adolescentes. “Mira aquí si esa adolescencia te pone triste”. De ese modo tenemos a una generación entera que tiene acceso a un adictivo y adormecedor químico llamado Dopamina a través del móvil y las redes en medio del alto estrés provocado por la adolescencia.

Casi todos los alcohólicos descubren el alcohol en la adolescencia. Cuando somos pequeños la única aprobación que necesitamos es la de nuestros padres, pero en la adolescencia necesitamos la aprobación de nuestros iguales. Es un momento altamente estresante y ansioso de nuestras vidas en las que dependemos tanto del grupo de amigos. Algunos encuentran en el alcohol y las drogas –en la dopamina que generan- una ayuda para sobrellevar el estrés adolescente. Eso queda grabado en su cerebro y cuando tengan alguna ansiedad vital importante no acudirán a una persona, sino a una botella.

Permitir el acceso ilimitado a estos aparatos y a las redes sociales productores de dopamina es abocarlos a un comportamiento programado. Cuando crecen muchos chicos no saben establecer relaciones profundas ni significativas. Admiten que muchas de sus relaciones son superficiales. Admiten que no cuentan con sus amigos, sino que solo se divierten con ellos y que les cambiarían por otros si aparece un plan mejor. Las relaciones profundas no están ahí porque nunca practicaron las habilidades necesarias y lo que es peor, no han adquirido los mecanismos para lidiar con el estrés que estas relaciones generan. Cuando atraviesan por situaciones difíciles, no acuden a una persona, sino a una máquina; acuden a las redes sociales que les ofrecen un cierto alivio temporal.

Sabemos con certeza científica que la gente que pasa más tiempo en Facebook sufre índices más altos de depresión que los que están menos tiempo. Es una cuestión de equilibrio: el alcohol no es malo, mucho alcohol es malo; apostar es divertido, apostar mucho es peligroso; no hay nada malo en los móviles ni en las redes. Es el exceso.

Si estás cenando con tus amigos y mandas mensajes a alguien que no está presente, ahí hay un problema. Es una adicción. Si estás en una reunión con gente a la supuestamente deberías estar escuchando y con la que deberías interactuar y pones el teléfono sobre la mesa –da igual bocabajo o bocarriba–, estás mandando un mensaje inconsciente a todos: «En estos momentos, no sois tan importantes para mí». Y el hecho de que no puedas alejarte de tu móvil es porque eres un adicto. Si te levantas por la mañana y miras tu móvil antes de decir “buenos días” a tu novia, a tu novio o a tu esposa o esposo, tienes una adicción. Y como toda adicción, con el tiempo destruirá relaciones, te costará dinero, tiempo y angustia.

Una generación con baja autoestima, sin mecanismos para afrontar el estrés y adicta a la tecnología.

Ahora, añade, en tercer lugar, la sensación de impaciencia. De algún modo provocada también por la tecnología. Crecieron en un mundo de recompensa instantánea. ¿Quieres comprar algo? Ves a Amazon y llega al día siguiente. ¿Quieres una peli? Accede y mírala. ¿Quieres una serie de televisión? ¡Bang! Ni siquiera tienes que esperar una semana. Conozco gente que incluso se salta episodios para poder ver el final de la serie… Recompensa inmediata. ¿Quieres salir con alguien? No tienes que aprender a seducir. No tienes que soportar ese mundo incómodo en donde ella dice “si” cuando significa “no” y “no” cuando significa “sí”. Solo desliza el ratón y ¡Bing!, eres un galán.

No tienes que aprender los mecanismos sociales de supervivencia. Todo lo que quieres lo puedes obtener instantáneamente con un clic. Recompensa instantánea… excepto satisfacción en el trabajo y fortaleza en las relaciones. No hay Apps para eso: son procesos lentos, serpenteantes, incómodos, desordenados…

Me sigo encontrando a estos chicos maravillosos, fantásticos, idealistas, trabajadores, recién graduados, en su primer empleo y les pregunto “¿Cómo va todo?” Y me contestan: “Creo que lo voy a dejar” “¿Por qué?” les digo. “No estoy logrando ningún impacto” contestan. “¡Llevas aquí ocho meses!”. Es como si se pararan ante la montaña antes de subirla y con ese concepto abstracto llamado “impacto” –que es algo así como la cumbre– delante y lo que no ven es la montaña. No importa si subes la montaña rápido o lento, pero hay que subirla para llegar arriba. No hay atajos.

Tienen que aprender la paciencia. Tienen que aprender que las cosas que de verdad importan como el amor o el trabajo, la alegría, el amor por la vida, la autoestima, … todo lo importante lleva tiempo. A veces avanzas un trozo, pero el viaje completo es arduo, largo, difícil. Y si no buscas ayuda en los demás, aprendes las habilidades sociales necesarias y adquieres virtudes te caerás montaña abajo.

El peor de los escenarios, que ya se está viendo, es el incremento de suicidios, de muertes accidentales por sobredosis, aumento del abandono escolar, depresiones… Inaudito. Realmente alarmante. En el mejor de los escenarios –todos son malos– tenemos a una población entera creciendo y yendo por la vida sin alegría. Nunca encontrarán realización profunda en su trabajo o en la vida. Pasarán diciendo que todo está bien. “¿Cómo va el trabajo?” “Bien, igual que ayer” “¿Y cómo va tu relación?” “Bien…”. Ese es el mejor de los escenarios.

Por último, el contexto económico de crisis. Les ponemos en ambientes corporativos en donde importan más los números que las personas, las ganancias a corto plazo que la vida a largo plazo de cada uno. Les importa más el resultado anual que el de toda una vida. Un ambiente empresarial que no les ayuda a construir confianza ni en el que practiquen la solidaridad ni la cooperación. No les ayudan a superar los desafíos del mundo digital, a encontrar más equilibrio ni a superar la necesidad de recompensa instantánea. Ni a enseñarles que la felicidad, el “impacto” y la realización personal que se obtienen trabajando duro durante mucho tiempo en algo, no se puede lograr en un mes, ni en un año. Ambientes empresariales equivocados.

Y lo peor es que ellos se creen culpables, que no pueden llegar a acuerdos y que lo están haciendo mal. No son ellos, son las empresas. Es la falta total de un buen liderazgo en el mundo de hoy.

Tuvieron mala suerte. Es lo que hay. Ojalá las empresas fueran de otro modo; ojalá los padres hubieran actuado de otra forma, pero no. Ahora tenemos que trabajar mucho más para encontrar la manera de recuperar la verdadera autoestima; para enseñarles las habilidades sociales que les faltan. No debería haber móviles en las reuniones. Ninguno. Cero. Ni tampoco salirse fuera para mandar mensajes cuando estás esperando a que comience la reunión. Así no es como las relaciones se forjan. Son los pequeños gestos los que son importantes: mientras esperamos a que la reunión comience y nos miramos a los ojos y decimos “¿Qué tal tu padre?, supe que estaba en el hospital” “Está mucho mejor, gracias. Ya está en casa” “Me alegro” “Oye, ¿tienes el informe?” “¡Oh, no. Lo olvidé!” “No te preocupes, yo puedo ayudarte en eso”… Así se forja la confianza. No se construye la confianza en un momento. Ni siquiera los malos momentos se forman inmediatamente. Es la constancia, la lentitud, lo permanente… Tenemos que crear los mecanismos que nos permitan vivir esas pequeñas interacciones. Pero los móviles en las reuniones nos lo impiden.

Cuando voy a cenar con amigos, dejamos los móviles en casa. Quizá uno, lo traiga por si hay que llamar un taxi o tomar una foto de la cena… –soy un idealista, pero no estoy loco, sí llevamos un teléfono–…

Si quitamos el alcohol de la casa es porque no confiamos en el poder de la voluntad del alcohólico. No somos lo suficientemente fuertes. Cuando quitas la tentación todo es más fácil. Cuando sólo dices “No mires el teléfono” la gente dirá “Vale”, pero luego irá al baño a atiborrarse de mensajes. Pero si no tienes el teléfono, simplemente disfrutas el momento. Ahí es donde están las ideas, las interacciones, la innovación, la creatividad… que llega cuando nuestras mentes divagan. Estamos perdiendo esos pequeños momentos valiosos.

Nadie debería cargar su teléfono al lado de la cama. Deberíamos cargarlo lejos, en el salón. Quitar las tentaciones. “¡Pero es que es mi despertador!” Pues compra un despertador.

No tenemos elección: nos guste o no, ahora tenemos la responsabilidad de compensar el déficit de esta generación fantástica.

Referencias

http://www.insidequest.com/

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Más madera

Imagen relacionada

No hay ni un solo estudio científico que certifique el beneficio de las pantallas (videojuegos, internet, tabletas, pizarras digitales, ordenador, televisión, móviles) para el aprendizaje por sí mismas, es decir, más allá del que proporcionan –utilísimas– como cualquier otra herramienta pedagógica (el lápiz, el libro, el boli o el papel).

Y, sin embargo, son constantes los estudios y las opiniones de los expertos que refieren las dificultades que plantean para el desarrollo tal y como corroboran el sentido común y la observación directa y cotidiana.

Nacho Calderón, del Instituto de Neuropsicología y Psicopedagogía Aplicadas y autor del libro Educar con Sentido, acarrea más madera para este tren en una entrevista de Aceprensa

Respecto del desarrollo temprano: tres consejos:

1) «Intentar pasar el mayor tiempo posible con ellos» (más familia)

2) «Jugar, jugar y jugar» (obviamente juego físico que es el que anula o disminuye alarmantemente el electrónico)

3) «Minimizar, y en medida de lo posible, eliminar el uso de pantallas (tablets, móviles, TV y ordenador)» (“Eliminar” ¡vaya verbo!)

“«–¿tan perjudiciales pueden ser las pantallas? (pregunta el entrevistador)

–— Las pantallas están haciendo estragos en el desarrollo cognitivo, emocional y social de los niños. Por un lado, está el perjuicio directo que esos aparatos provocan sobre el desarrollo neuropsicológico: las pantallas, y particularmente las que emiten luz azul –tablets y teléfonos móviles– tienen un efecto hipnótico sobre el que está mirando. Desconectan gran parte de la corteza prefrontal del resto del sistema nervioso y los niños quedan literalmente enganchados. Esto tiene consecuencias en su conducta: les hace más agresivos, dependientes de la “hiperestimulación” a la que han sido sometidos y con significativas mermas sociales. Por otro lado, están los efectos indirectos, que en realidad son tan nocivos como los directos: me refiero a que mientras un niño está frente a una pantalla, no está jugando, que es lo más importante es su desarrollo cognitivo, emocional y social

Lo dicho: más madera.

A ver si los padres, la sociedad, los colegios, la Administración, acaban viendo lo evidente antes de que arda.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario