Facebook: “Cariño, hemos creado un monstruo”

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Sabíamos que los ejecutivos de Sillicon Valley

llevan a sus hijos a colegios libres de tecnología.

Habíamos recogido las palabras de Steve Jobs poniendo en su sitio a la tecnología respecto del aprendizaje:

«No es delante de una pantalla, sino detrás donde se forja una cabeza capaz de utilizarla correctamente».

Sabíamos también que

él mismo tenía muy limitado el acceso a la tecnología de sus propios hijos.

Habíamos citado ya a Alan Eagle, ejecutivo de Google diciendo que

«Mi hija de quinto de primaria no sabe cómo usar Google, y mi hijo de tercero de secundaria está aprendiendo ahora. […] La tecnología tiene su tiempo y su lugar […] Es súper fácil, es como aprender a usar pasta de dientes. […]. La idea de que una App en una tablet puede enseñar a leer mejor a mis hijos, con todo respeto, la encuentro ridícula»

Ahora, Begoña Gómez Urzáiz escribe en EL País un artículo con el expresivo título: «Cariño, hemos creado un monstruo»), en el que recopila unas cuantas frases de dos de los fundadores de Facebook: Chamath Palihapitiya, ex vicepresidente de Crecimiento de Usuarios en la empresa, y Sean Parker, el inversor inicial y primer presidente. Ambos expresan de la manera más explícita la toxicidad de la plataforma y en general de todas las redes sociales. Ambos reniegan del invento y se arrepienten de su creación en términos absolutamente inequívocos.

C. Palihapitiya:

«Siento una culpa tremenda por haber creado las herramientas que están destrozando el tejido social y erosionando la misma base del comportamiento de las personas»

«Organizamos nuestras vidas alrededor de esta sensación de perfección, porque recibimos premios a corto plazo. Corazones, me gusta, pulgares alzados los igualamos a un valor, los igualamos a la verdad. Pero en realidad ocultan una popularidad falsa y amarga que te deja, admitidlo, más vacío de lo que estabas antes»

« [Cuando creamos Facebook] en el fondo, en los lugares recónditos de nuestras mentes, sabíamos que algo malo podía pasar»

Sean Parker, nos explica para qué sirve Facebook desde su creación :

«consumir la mayor cantidad de tiempo y atención posible» de cada usuario, explotando una vulnerabilidad  de la psicología del ser humano: la retroalimentación de la validación social. Cuando la gente da al like, recibe ese pequeño golpe de dopamina que les motiva a subir más contenido…». 

Y añade:

«Dios sabe qué estamos haciendo con los cerebros de nuestros hijos». «Nosotros sabíamos lo que hacíamos cuando la creamos: lo entendimos conscientemente y lo hicimos de todas maneras».

Mientras tanto, Mark Zuckerberg no reniega de nada y lleva todo el año inmerso en un tour “de crecimiento personal” por cada uno de los estados de su país, que para algunos constituye una precampaña presidencial a largo plazo. Conoce el poder de su herramienta y sabe que con ella puede llegar a conseguirlo.

Y mientras tanto, nosotros, los usuarios, seguimos engordándolo alegremente.

Referencias

Artículo de Begoña Gómez en El País

Post de Marian Rojas, sobre el mismo tema

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Dos textos

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Ya hemos dicho alguna vez que somos cada vez más, que no estamos solos, que poco a poco, gracias a los cada vez más evidentes efectos colaterales de la tecnovida, cada vez también hay más testimonios críticos o, al menos, de un cierto distanciamiento de la superficial aceptación de las novedades tecnológicas como si fueran el bálsamo de Fierabrás. Aquí traigo dos, que son uno porque el autor es el mismo.

José Martín me manda dos pequeños “tesoros” escritos por Marius Carol, director de La Vanguardia que os ofrezco aquí para saborearlos despacio casi en su totalidad. Y digo tesoro y saborear porque están escritos desde la sensibilidad. Una sensibilidad capaz de captar y expresar de manera sencilla y eficaz lo que fluye debajo de nuestra cotidianeidad tecnológica .

Bajo el título de La rebelión del papel, Carol escribe: (Los subrayados en negrita son míos)

«EL mundo digital ha ganado casi todas las batallas pues vivimos instalados en internet la mayor parte del tiempo, gracias al móvil, la tableta, el ordenador o el smart tv. Leer en la red es una actividad frenética, comprimida, azarosa y no siempre bien asimilada. El experto Franklin Foer, autor del libro Un mundo sin ideas, considera internet como una conversación interminable, en la que cada argumento es rebatido, compartido, revisado y ampliado. En este sentido, asegura que es casi tan estimulante como extenuante.

Foer dedica uno de los capítulos de su libro a lo que considera la rebelión del papel. Tras citar al escritor checo Milan Kundera, que buscaba las costuras del Estado comunista para escapar a los ojos de los vigilantes, dice:

El papel (en forma de libros, revistas y periódicos) es la costura que podemos habitar. Es el lugar más allá de los monopolios (tecnológicos) donde no dejamos un rastro de datos, donde no nos siguen la pista. Cuando leemos las palabras en el papel, estamos apartados de las notificaciones, los sonidos metálicos y otras urgencias que nos distraen de nuestros pensamientos. La página nos permite, en algún momento del día, desconectar de la máquina y ocuparnos de nuestra esencia humana”.

Los que pensamos que la relación que se establece entre el ser humano y el papel es única, lo que no significa que no nos sintamos estimulados, atraídos y fascinados por las posibilidades del universo digital, entendemos el sentido de las palabras de este pensador del siglo XXI. Foer asegura que, si las empresas tecnológicas aspiran a absorber la totalidad de la existencia humana en su redil corporativo, “la lectura del papel es uno de los escasos resquicios de la vida que no pueden integrar plenamente“. Por eso recomienda refugiarnos a menudo en el santuario del papel, como una catedral de la cultura donde habita el conocimiento. Y el silencio. Casi como un modelo de resistencia.»

Buenísimo. Y, sobre todo, tal cual. Puro realismo. No es fruto de una mentalidad conspiranoica.  La «transparencia» que plantean las grandes corporaciones -que no es otra cosa que hacernos transparentes a los usuarios mientras ellas se hacen cada vez más opacas y poderosas- va a ir a más: quieren que lo hagamos todo “allí”, en esa plaza pública que es la red, desde la engañosa privacidad de nuestro ordenador o nuestro móvil. Y, en efecto, el papel –todavía– opone su materialidad inasequible al lenguaje binario de unos y ceros al fisgoneo total de los que nos vigilan proporcionándonos todo tipo de innegables ventajas cotidianas. Papel y silencio. El libro, tú y nadie más. (siempre que no lo hayamos pagado con tarjeta, claro).

Y este es el otro texto. Titulado Añoranza de la civilización, expresa en ese primer párrafo otra de las patologías sociales que padecemos: preferimos acumular a sentir, mirar como otros viven en lugar de vivir, llenar la memoria de nuestros teléfonos en vez de la nuestra, acumular fotografías en lugar de recuerdos.

«La escritora estadounidense Marilynne Robinson, ganadora de un Pulitzer, escribió en uno de sus ensayos: “Añoro la civilización y quiero que me la devuelvan“. Pensé en ello recientemente mientras intentaba ver la exposición sobre Dior en el Museo de las Artes Decorativas de París. El problema no era tanto que la gran cantidad de público impidiera contemplar las piezas expuestas, como que resultaba imposible acercarse porque el gentío hacía cola para sacar fotos con el móvil. El mundo es un espacio cada vez más extraño donde, en lugar de disfrutar de las obras de arte, el personal prefiere guardarlas en la aplicación de su móvil. Hemos cambiado el placer de emocionarnos por la sugestión de acumular. Preferimos llenar la memoria de nuestro teléfono que la de nuestra mente.

Un estudio de la consultora TNS sitúa en tres las horas que pasamos al día pendientes de nuestros dispositivos móviles, pero la cifra se eleva a cuatro horas y media en los usuarios comprendidos entre los 16 y los 25 años. Sin ánimo de menospreciar los móviles –que nos permiten a un tiempo informarnos, orientarnos, divertirnos o comunicarnos–, no queda claro que su uso nos ayude a triunfar. En cambio, los libros sí, pero el 36% de la población española no compra nunca ninguno. Warren Buffett, el segundo hombre más rico del mundo, asegura que pasa entre cinco y seis horas hojeando diarios y libros. El único que tiene más dinero que él, Bill Gates, afirma que lee un mínimo de 50 obras al año. Y Mark Zuckerberg, el tercero en liza, devora uno cada dos semanas.

Buffett tiene por costumbre mandarles cartas a los accionistas, en las que les recomienda libros, al tiempo que les explica cómo va la compañía. En cualquier caso, no le hace ascos al móvil: de hecho hace unos meses compró diez millones de acciones de Apple. Eso sí, su iPhone lo usa lo justo y lo pone en silencio cuando se sumerge en la lectura. Todo un ejercicio de civilización, que diría Robinson».

Dos textos que son uno, porque los dos defienden la civilización, la lectura, la contemplación, el mundo personal en definitiva que tantas veces y de tantas maneras la tecnología pone en riesgo. “Añoro la civilización y quiero que me la devuelvan”. Yo también. ¿Melancolía elitista o justificadísima queja ante una realidad descompuesta?

Referencias

La rebelión del papel en La Vanguardia

Añoranza de la civilización en La Vanguardia

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Comienza el II ciclo “Mucho más de 140 caracteres…”

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Big Data: mucho conocimiento; no para nosotros, sino sobre nosotros

Este simpático joven es Martin Hilberg, un “gurú tecnológico”, es decir, una persona a quien se le reconoce autoridad intelectual para ser nuestro guía, un tipo que sabe, vamos, un experto. Un experto en Big Data. A ver qué nos cuenta. (Os aviso que no tiene desperdicio si queréis saber en qué mundo vivimos).

  • La democracia representativa es crear un proceso de deliberación en el que se necesita tiempo para razonar, para buscar una solución para los ciudadanos por parte de sus representantes. La democracia directa facilitada por la tecnología permite al pueblo decidir con un clic sin tener en cuenta todas las consecuencias. ¿Y qué pasa? Que el pueblo mata a Sócrates, o bien, si Sócrates sabe manejar bien la dinámica del reality show se puede convertir en presidente de EEUU. La democracia es un proceso de comunicación e información y tiene que reinventarse por completo porque estas nuevas tecnologías la afectan directamente.
  • Durante las últimas elecciones presidenciales, uno de cada cinco mensajes o noticias en Facebook o Twitter fueron fakenews (mentiras). Eso es el 20%. ¡Y hubo un momento en el que hubo más noticias falsas que verdaderas! 126 millones de estadounidenses recibieron mensajes falsos a través de Facebook. En Twitter hubo 3.000 cuentas falsas y 40.000 robots informáticos que difundieron falsos mensajes. Durante la campaña se crearon 170.000 versiones de un mismo mensaje de Trump que cambiaba dependiendo del perfil al que fuera dirigido. Entre 30.000 y 50.000 versiones de sus mensajes de media al día. Obama también lo hizo. Por eso se quedó tan callado cuando salió lo de Snowden.
  • Se usa nuestra huella digital en el big data para tratar de controlarnos, para meternos en burbujas de filtrado, vendernos argumentos que son los que queremos escuchar y lavarnos el cerebro con mensajes personalizados que nos llegan a nuestras redes sociales. La única razón de ser de las redes es que los usuarios pasen el mayor tiempo posible en la plataforma para lograr más ingresos. Y cuando los usuarios ven opiniones que no concuerdan con su manera de ver el mundo, se salen de la red. Por eso, se crean los filtros, las burbujas. Así se maximiza el tiempo que los usuarios están en la plataforma. Además, matemáticamente es más fácil mostrar a los usuarios lo que les gusta. Sólo hay una manera de estar de acuerdo, pero infinitas maneras de estar en desacuerdo. Ahora todo el mundo es como una taberna en la que sólo hablas con quien está de acuerdo contigo.
  • La “inteligencia artificial”, es decir los algoritmos manejando los datos que les damos, puede analizar la opinión del pueblo. Seguramente Facebook sabe más de la opinión del pueblo que los parlamentarios. Todo algoritmo de “inteligencia artificial” conoce mi psicología mejor que yo mismo. El hombre es previsible. Si se conoce la correlación entre perfil psicológico y los likes puedo utilizar Facebook para hacer psicología. Con 150 likes el algoritmo de aprendizaje automatizado puede detectar tu personalidad; con 200 te conoce más que tu pareja; y con 250 likes puede saber más de ti que tú mismo. Ahora hay un estudio que demuestra que gracias a una nueva variable y el reconocimiento de caras se puede saber si una persona es homosexual. Muy  útil  para los anunciantes de Facebook, pero peligroso si vives en Irán.
  • Hubo un tiempo en el que se sostenía que internet nos llevaría automáticamente a la libertad, a la democracia, a un mundo más unido; que las redes sociales derrotarían a los dictadores. Y cinco años después, todo el mundo se sorprendió al comprobar cómo estas mismas herramientas ayudaron a que personalidades antidemocráticas se hicieran con el poder.
  • Y nosotros ahora estamos tan ocupados haciendo el desayuno, conduciendo, (viviendo, vamos), que es difícil imaginar qué vendrá después cuando ya estemos libres de estas tareas tan mecánicas (como vivir). Vamos a inventar cosas locas. No podemos ni imaginar cómo será el mundo que nos viene.
  • Por ahora, consolémonos, en Facebook somos mucho más libres: se puede elegir entre 71 sexualidades diferentes. ¡Ole, ole y ole!

Referencias

Entrevista en El Mundo

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PORNO, la profe del siglo XXI

(ATENCIÓN: Este post puede herir la sensibilidad del lector)

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 “Pornografía, la educadora sexual del siglo XXI”, titula una tal Erika Lust un post en el blog abierto elordenmundial.com. A lo mejor es que Erika es una monja  y de nuevo con la Iglesia hemos topado. Ya se sabe lo sexofóbicos que son estos católicos. Pero no. No precisamente. Erika, junto a su marido, son de esos sexólogos que creen que si es placentero, todo vale;  que la educación sexual consiste en saberlo todo, comunicarlo todo, desnudarlo todo y hablar con naturalidad de todo lo que se sabe y se desnuda; que en el desarrollo de la sexualidad no hay más que “impulsos y necesidades” que satisfacer, que la cosa sexual es algo “tan natural como montar en bicicleta”, que todo consiste en informar para ser libre y conseguir el “sexo seguro”  para vivirlo con salud, o que toda búsqueda de sentido esconde un prejuicio religioso. En fin, ya saben: dos sexólogos modernos, fetén, nada sospechochos.

Por eso es interesante –y novedoso–, que desde una perspectiva progresista, laica, “neutra”, se destaque con firmeza y claridad lo que venimos diciendo aquí desde hace tiempo, aunque no somos tan progresistas y, desde luego, nada neutros: que, hoy, la pornografía es la maestra indiscutible que introduce a los chavales en el aprendizaje y desarrollo de su sexualidad. No es que nadie la critique –es de mal tono, queda conservador: incluso la propia autora se sitúa de algún modo en esta perspectiva desde la que hay porno bueno y porno malo– es que nadie siquiera habla de ella, aunque se sepa que el 30% de las búsquedas de internet son pornográficas, que la industria que la produce gana 97.000 millones de dólares a escala mundial, que hay 4,2 millones de sitios web pornográficos, y que se calculan 28.000 personas mirando porno cada segundo.

Y el interés de esta gran educadora global no es que los niños y niñas crezcan felices y sanos: «Sus productores – afirma Erika– solo tienen un objetivo: excitar a los hombres lo más efectiva y rápidamente posible para sacar provecho. Esto significa erotizar la degradación de la mujer. En un estudio de comportamientos sobre el porno más popular, cerca del 90% de las 304 escenas escogidas al azar contenían agresiones físicas contra las mujeres, que casi siempre respondían con neutralidad o con placer».

Aun a riesgo de herir la sensibilidad de algún lector tal y como hemos advertido al comienzo del post, creo que merece la pena –nunca mejor dicho, porque da mucha pena– reproducir aquí no un vídeo –eso sería hacer el caldo gordo a la propia industria pornográfica– pero sí la escena que la columnista y crítica de televisión británica Caitlin Moran describe en el arranque de su libro Cómo ser mujer:

“Érase una vez una niña con la uñas largas y muy mal vestida sentada en un sofá, intentando parecer sexy, pero con cara de haber recordado esa fastidiosa multa de tráfico que aún no ha pagado. Puede que también bizquee un poco por lo apretado que lleva el sujetador.

            Un hombre entra en la habitación, un hombre que camina de una manera extraña, como si llevara una silla de jardín invisible delante de él. Esto se debe a que tiene un pene inútilmente largo, en erección, que parece escanear la habitación en busca del objeto sexualmente menos interesante.     

            Tras rechazar la ventana y un jarrón, la polla finalmente localiza a la chica del sofá.

            Mientras ella se pasa la lengua por los labios con gesto indiferente, el hombre se inclina hacia ella, e inexplicablemente, sopesa su pecho izquierdo con la mano. Esto parece ser el cruce de alguna clase de Rubicón sexual, ya que 30 segundos después, él se la folla por delante en una postura muy incómoda, y luego por detrás mientras ella pone cara de dolor. Todo esto suele ir acompañado de unos azotes en el culo por aquí o unos tirones de pelo por allá, cualquier variación que se pueda introducir en una sencilla filmación a dos cámaras en menos de cinco minutos. El final llega cuando él eyacula sobre la cara de la chica, descuidadamente, como si estuviera glaseando caprichosamente un pastelillo en uno de los desafíos de Generation Game.

            Fin”.

O, si se me permite otro exceso, esta otra descripción que la misma autora hace con trazo grueso del medioambiente simbólicosexual que las diversas pantallas llevan hasta nuestros jóvenes:

“Depilación brasileña. Depilación Hollywood. Pechos de plástico, grandes y redondos. Uñas acrílicas que te impiden atar la hebilla de un zapato o escribir a máquina. La MTV llena de entrepiernas y tetas. Nuts y Zoo [dos revistas para chicos adolescentes], con páginas y páginas de pechos de lectoras, ofrecidos voluntariamente, de buen grado, como un rito de paso. Sexo anal asumido como una parte del repertorio sexual de cualquier mujer. Pósters de productos de belleza o shows de televisión con mujeres de ojos vidriosos, con la boca abierta, preparadas para una eyaculación en plena cara. Bragas reemplazadas por tangas. Tacones altos, muy altos, que en realidad no están hechos para andar, sólo para tumbarse y que te follen. […] un doce por ciento de las imágenes de mujeres en internet están a gatas, o embutidas en algún PVC altamente antihigiénico, o rodeadas de enormes genitales masculinos, como si sus diferentes aberturas fueran algún tipo de vendaje tubular compresivo”.

Procaz y realista. Es esto lo que hay y no podemos hacer como que no existe.

Ya no son las revistas que nuestros padres guardaban en el cajón de los calcetines”, comenta Erika Lust. Esto es la avalancha de Internet: «Aquellas revistas eróticas parecen ahora inocentes al compararlas con la avalancha de imágenes que ha traído internet. La industria se ha vuelto más amplia y diversa y, a la vez, más peligrosa. El racismo, la misoginia y la violencia recorren con impunidad muchas de estas imágenes, a las que no se les pueden imponer barreras o filtros y que influyen más de lo que creemos en las nuevas generaciones y sus identidades sexuales

Según Erika, los chavales tienen sus primeros encuentros con la pornografía tecnológica a partir de los nueve años, accidental o premeditadamente en su móvil u ordenador o a través de imágenes presentadas por compañeros y amigos del cole y luego buscan más y a quién preguntan de nuevo es a su maestro Google y este le devuelve las respuestas en forma de más imágenes pornográficas cada vez más brutales.

No es sólo que satisfagan su curiosidad, es que esas imágenes van a condicionar su modo de entender la sexualidad, de concretar su identidad, de construir sus relaciones. Erika Lust cita a la creadora de la web Make Love Not Porn, Cindy Gallop, cuando dice en alusión a la pornografía: “Este área impactará la felicidad de tus hijos más que cualquier otra y para el resto de sus vidas”.

¿Qué es lo que recomienda Erika Lust? Algo muy razonable: hablar de ello. Sacar la pornografía del rincón oscuro de lo políticamente incorrecto, meterla en la conversación familiar puesto que ya está ella metida en casa y en los bolsillos de nuestros hijos e hijas y, desde luego que forme parte explícita de cualquier intento de educación afectivo-sexual. De nuevo la conversación, el acompañamiento, el conocer qué supone la compra del Smartphone a nuestros hijos, el meditar bien cuándo se lo vamos a comprar más allá del tópico “todos lo tienen”…

«Aunque continuemos negándolo –termina Erika Lust–, el porno existe, es accesible y determinará la identidad sexual de tus hijos. En esta misma línea, ¿Dejaremos que lo haga?»

Referencias

Post de Erika Lust completo

Como ser Mujer, Caitlin Moran, en Anagrama

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