IRules: “El Contrato” desarrollado por Janell Burley

Hemos glosado aquí muchas veces “El Contrato” de Janell Burley, como el mejor documento para expresar lo que supone la compra del móvil desde el punto de vista educativo.

Ahora la autora ha publicado un libro en el que desarrolla de manera pormenorizada todo el proceso de esa compra y el acompañamiento subsiguiente.

Muy americano en su detalladísima acumulación de anécdotas y casos recogidos en su experiencia de madre y de conferenciante, es quizá excesivamente prolijo, pero lleno de ejemplos y situaciones comunes que pueden ayudar a los padres a comprender mejor cómo afrontar el reto educativo que supone el acceso a la tecnología por parte de sus hijos.

Pero es clarísimo en su parte más dura: no hay nada que hacer que no sea acompañar de verdad -es decir, compartir, ver, leer observar, corregir, dialogar…- a los hijos en sus primeros pasos con la nueva herramienta. No hay soluciones milagrosas. Hay que estar, compartir la contraseña, pactar… Todo menos dejarles solos. Como en todo el resto de la tarea educativa.

Muy recomendable.

Usa la tecnología, no la consumas o serás consumido por ella.

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Todo…puede ser googleado en su contra

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La síntesis a la que obliga el formato del humor gráfico es, lo hemos dicho aquí muchas veces, todo un acicate para la expresividad. Decir mucho sin decir nada. Nos desfondamos en las sesiones con alumnos y padres para explicar lo público que es publicar y aquí, D nos ofrece una excelente herramienta para la diapositiva del PPoint.

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Sexo en Évole: ciberporno / Instagram: somos lo que no somos.

Con el título «Sexo: la mala educación», Évole ha abordado en su Salvados el tema del sexo entre los jóvenes.

Se trata de telerrealidad, de docudrama, de casting previo; son cámaras, micros, focos, maquillaje…; es rodaje, selección, edición y montaje…, es, en definitiva, producto audiovisual y no la vida misma, pero a mí me ha sido francamente útil porque ha puesto en el foco la mala educación sexual.. y tecnológica.

No solo la que esa micromuestra sociológica de chavales ha recibido en su casa y en las aulas, sino, sobre todo la que han recibido y reciben del entorno mediático, de la ficción, de las redes, de la pornografía, del medioambiente simbólico hipersexualizado con un sexo reduccionista y vacío transportado, difundido y amplificado por la tecnología.

Évole quizá haga trampas con el casting previo con una selección de jóvenes anónimos, de una anónimo barrio, de una anónima ciudad, pretendiendo, precisamente por esa imprecisión del anonimato intemporal y deslocalizado, que podrían representar muy bien a cualquier joven español de su sexo y edad. La telerrealidad crea realidades. Los jóvenes no son así. Sin embargo, suena el río  porque lleva agua: haberlos haylos.

En cualquier caso, nos interesan y mucho algunas de las afirmaciones de estos jóvenes en relación con el cibersexo: una en relación con el consumo de pornografía y otra en relación al uso de Instagram.

Respecto del porno véase esta muestra:

Pavoroso el relato de sus humillantes e incluso violentas experiencias “normalizadas” y profundamente machistas que ellas mismas achacan a la pornografía que consumen los chicos.  El consumo generalizado desde edades muy tempranas -desde la compra del primer smartphone  ha convertido al ciberporno en la primera escuela de esa “mala educación” sexual generalizada entre la indiferencia y el silencio de padres, educadores e incluso, paradójicamente, del feminismo militante que, con el complejo de no caer en ningún tipo de moralismo, evita afrontar esta auténtica plaga que conlleva las barbaridades y frustraciones que se ponen de manifiesto  en el corte del vídeo anterior. Aparte de los problemas de adicción que provoca entre los adolescentes, ellos aprenden allí que todo consiste en la sumisión de las mujeres ante cualquier capricho del varón, y, lo que es peor, ellas asumen que efectivamente ese es exactamente su papel.  Estremecedora esa resignación en la respuesta  al ¿Y qué hacéis?” del presentador tras el relato de las vejaciones que cuentan las chicas experimentar en el día a día de su actividad sexual: “(Silencio) En ese momento, callar, no sé. Sentirme como un objeto… como una mierda y callarme. No sé. Como que lo he normalizado. Es que tienes miedo en decirle… Es que ya es tan normal que es como que te tiene que gustar…“.

Sobre Instagram, este otro corte que no tiene desperdicio: (perdón por la publicidad, me viene impuesta)

“Somos esclavos de las redes sociales” “Es un escaparate para venderte”.”No somos nosotros en Instagram“, termina el cortePero dice más cosas: “El Instagram nada más está hecho para exponerse  y venderse como un producto” “Está para eso: porque postureas…”  Y el titubeante,  entrecortado y contradictorio discurso feminista de que “la mujer pueda mostrarse sexualizada, pero de una forma empoderada: yo puedo mostrar mi culo, mis tetas, lo que sea siempre y cuando sea yo, o sea …¿me entiendes lo que quiero decir?… Sí, también es para que lo vea la gente, mostrarte así… y eso es compatible con tener un discurso más… feminista… Sí ya sé que contradicciones hay muchas, pero… socialmente lo intentas llevar como bien puedes.. no sé...” Y finalmente el más rotundo: “Es una mierda. A mí me ha hecho daño. Sé que no quiero que sea así; yo me doy cuenta,  pero …lo hago”… Realmente patético, en sus dos acepciones que en este caso se dan juntas: el de la compasión ante la manifestación de sentimientos de dolor, de tristeza, de melancolía; y también el de la vergüenza ajena que provoca ser testigo de algo grotesco.

El programa de Évole no lo han visto los adolescentes. Lo sé porque me muevo entre colegios y llevo unas semanas preguntándoselo a unos cuantos centenares de ellos. No saben ni quién es el tal Évole. Lo han visto los adultos, en prime time. Y nadie se ha escandalizado por eso. Seguramente los móviles se van a seguir comprando  a los chavales como regalo estrella en Navidad o en la Primera Comunión. Irreflexivamente. Tecnoestúpidamente.                           Independientemente de su toxicidad.

Usa la tecnología, no la consumas o serás consumido por ella.

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El dedo en la llaga de la publicidad

La macrotienda de muebles, al igual que la marca del anuncio del post anterior, lo que pretenden es tener la pegada publicitaria de llevar su marca al imaginario de cuantos más consumidores mejor. Ocho millones de visualizaciones en YouTube, millones de referencias compartidas en Whatsapp -a mí me ha llegado desde cinco grupos distintos-, Twitter, Facebook, etc… certifican que lo han conseguido.

Lo interesante no es el mensaje -llevamos veinte años compartiendo la idea de desconectar para conectar y han sido muchos los clips publicitarios e institucionales que se han creado con ese contenido…-; lo interesante es su viralidad actual. Que grandes y pequeñas marcas utilicen esta idea de fondo para difundirse es síntoma de que han detectado que el mercado -es decir, nosotros, todos- es sensible a la realidad de la pérdida de comunicación que ha producido la conexión permanenete: esa faceta de la toxicidad tecnológica se ha instalado como preocupación entre la gente que está viviendo ya ese déficit de atención a las personas y a la realidad. La publicidad pone el dedo en una llaga que se ha ido agravando con el tiempo. Veamos si, más allá del sentimentalismo de las formas publicitarias, esta preocupación conduce a cambios en nuestros comportamientos de consumo para cauterizarla. 

El que la preocupación por fin se generalice y no sea privativa de una minoría reflexiva y crítica ya es algo, pero hace falta algo más que vagos sentimientos para cambiar las cosas.

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Las pantallas se comen nuestro tiempo

Hace años, cuando publicamos “¿Qué pasa con la tele?, algunas ideas para pensar la televisión, mostrábamos con el “Horario de Juanito” cómo se nos va la vida pegados a la pantalla. En aquel entonces era solo una. Ahora son muchas, continuas, omnipresentes.

Esta es la idea de este clip publicitario, aunque planteada desde el ángulo contrario: no el tiempo que pasamos con las pantallas, sino el que dejamos de pasar con los demás por estar con ellas.

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