Ser una estrella enredada

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Los videojuegos enferman

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En el mundo contemporáneo, occidental y posmoderno no hay más moral que la salud. Solo es bueno o malo aquello que afecta al bienestar del contribuyente. Y finalmente la OMS –ese mastodonte que dicta y publica las actuales tablas de la ley y sus mandamientos– ha dicho que los videojuegos pueden hacer daño. Ha tardado 28 años, pero lo ha hecho.

El dos de enero pasado actualizó el borrador de la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11) en la que se incluye un apartado especial sobre la adicción a los videojuegos y en la que el denominado “trastorno del juego” pasa a ser considerado por la OMS como una enfermedad mental, incluyéndolo dentro de la sección de “trastornos debido a comportamientos adictivos”. De esta manera, la próxima actualización de dicha clasificación (que saldrá este 2018) es probable que incluya al “trastorno del juego” como una verdadera patología. Es probable, digo, porque vaya usted a saber cómo estarán danzando los lobbies de los fabricantes para impedirlo.

Lo que hasta ahora veníamos predicando porque era de sentido común y ya se estaba viendo y, sobre todo, malviviendo en casa y en clase ya existe. Existe porque sale en la foto de la OMS. Bienvenido sea, aunque sea tarde. Desde ahora, los que nos dedicamos a reflexionar sobre la tecnología y sus efectos, podremos en charlas, mesas redondas y debates, poner el sello de autoridad de “La Mundialísima”.

No sé si a los papás y mamás que inundan en navidades las grandes superficies con cada vez más grandes superficies dedicadas al juego tecnológico, les habrá llegado la noticia y empezarán a preocuparse y ocuparse del asunto, pero la que seguro estará preocupada es la industria que los fabrica porque, evidentemente, no es lo mismo vender un entretenimiento inocuo que un producto que puede producir en el entretenido algunos problemas graves. Es muy probable que se multipliquen los estudios de oscura financiación y dudosa metodología que demuestran las muchas bondades psicológicas y pedagógicas que el juego electrónico proporciona a los usuarios. Es muy probable que sesudos expertos declararán que “bueno, que sí, pero menos, pero a veces, pero a algunos” tirando balones fuera como hicieron en su día las compañías tabaqueras con el humo, es decir, poniendo mucho humo delante del humo. Hay muchísimo dinero en juego en una industria que sólo tiene por delante en inversión de tiempo, usuarios y dinero a esa otra pandemia de la pornografía, curiosamente otro ¿entretenimiento? tremendamente adictivo que está creando problemas relacionales gigantescos y al que también la tecnología le ha cambiado la cara subiéndolo al podio como número uno del pasatiempo mundial.

El referido trastorno se caracteriza por repetir una conducta continua o recurrente –un año o menos en los casos más graves– vinculada con tres condiciones negativas: la pérdida de control de conducta, el aumento de prioridad que se le da a los juegos frente a las actividades de la vida cotidiana y el mantenimiento de conductas negativas, presentando, como en cualquier otro trastorno adictivo, una serie de síntomas que lo expresan:

  • Superar las 25-30 horas de juego a la semana.
  • Necesidad irresistible de jugar.
  • Bajo rendimiento escolar o laboral por el juego.
  • Episodios de ansiedad.
  • Dificultad para dormir.
  • Dificultad para relacionarse socialmente.

Ahora a esperar que la OMS se ocupe de las patologías relacionadas con el Smartphone, las apps, las redes sociales, y sobre todo la pornografía… Esperemos que no tarden otros 28 años, porque sería demasiado tarde –ya lo es– y las consultas de los psicólogos, psiquiatras, mediadores familiares y conflictólogos estarán entonces ya repletas de problemas insolubles.

Los videojuegos gozan de extraordinaria salud, pero… enferman. ¿Ellos o quienes juegan?

Referencias

Borrador de la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11)

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Tristan Harris: “la tecnología no evoluciona al azar”

La Marian Marcos citada en el post anterior, dice de Tristan Harris que es «considerado lo más cercano que tiene Silicon Valley a una conciencia».

Y efectivamente, así lo demuestra en este interesante vídeo que os sirvo y del que os adjunto también su traducción en caso de queráis leerlo en vez de verlo.

En cualquier caso os destaco algunas de las ideas que me han parecido especialmente iluminadoras para entender lo que está pasando. Es un testimonio valioso hecho, como los del anterior post, desde dentro, por una persona que conoce bien de lo que habla porque ha formado parte de ello de manera activa.

«Quiero que se imaginen una sala de control en la que hay un centenar de personas inclinadas sobre los teclados de sus ordenadores. Y que esa sala de control moldeará los pensamientos y los sentimientos de un billón de personas. Esto suena como si fuera ciencia ficción, pero es lo que realmente está pasando ahora mismo. Yo lo sé porque solía estar en una sala de control como esa. Yo era un diseñador y analista de Google, es decir, estudiaba cómo conocer y controlar los pensamientos de la gente. Porque de lo que hablamos es de cómo un puñado de personas de un puñado de empresas tecnológicas con sus decisiones pueden controlar lo que piensan o siente un billón de otras personas.[…]»

«Cuando hablamos de tecnología, tendemos a hablar de ella como de una enorme oportunidad que puede ir en cualquier dirección. Sin embargo, en realidad va en una única dirección muy específica que no está evolucionando al azar. Hay un objetivo oculto dirigiendo toda la tecnología que utilizamos. Y ese objetivo, esa dirección que condiciona la evolución de la tecnología, es la competición por nuestra atención. […]»

«La mejor manera de atrapar la atención de la gente es conocer cómo funciona su mente. Hay una enorme cantidad de técnicas de persuasión que aprendí en un laboratorio de la universidad de Stanford llamado «Laboratorio de Tecnología Persuasiva», es decir, para atrapar la atención de la gente.»

«No, Internet no está evolucionando al azar. La manera en que parece que nos atrapa como lo hace no es casual: se debe a esta carrera por la atención. […] La tecnología no es neutral. Es una carrera para ver quién llega más profundo, más rápido y con más eficacia a nuestro tronco encefálico cerebral.»

«No conozco un problema más urgente que este, porque este problema está en la base de todos los demás problemas. No solo se está adueñando de nuestra voluntad, de nuestra atención e impidiéndonos vivir la vida que queremos, sino que está cambiando la manera que tenemos de conversar, está cambiando la democracia, está cambiando nuestra habilidad para tener conversaciones y relacionarnos unos con otros. […]»

«Necesitamos hacer tres cambios radicales en la tecnología y en la sociedad. El primero es reconocer nuestra fragilidad: somos susceptibles de ser manipulados. […] Lo segundo es que necesitamos nuevos modelos y sistemas de responsabilidad para que […] las personas que están en esa sala de control sean responsables y transparentes con lo que queremos […] Finalmente, necesitamos un renacimiento del diseño. [que en lugar de perjudicar nuestra atención, la potencie y nos ayude a ponerla donde nos interesa]»

«A veces los problemas más urgentes son los que tenemos delante de las narices […] Y tal vez en lugar de entusiasmarnos con los últimos hallazgos de la realidad aumentada y la realidad virtual y esas cosas geniales que podrían suceder –las cuales van a participar en la misma carrera por la atención– podríamos arreglar la competición por la atención de lo que ya está en el bolsillo de un billón de personas. […] Al final de nuestras vidas todo lo que tenemos es nuestra atención y nuestro tiempo. ¿En qué los queremos invertir?»

Referencias

Tristan Harris en su conferencia TED, texto traducido

Tristan Harris web

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Facebook: “Cariño, hemos creado un monstruo”

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Sabíamos que los ejecutivos de Sillicon Valley

llevan a sus hijos a colegios libres de tecnología.

Habíamos recogido las palabras de Steve Jobs poniendo en su sitio a la tecnología respecto del aprendizaje:

«No es delante de una pantalla, sino detrás donde se forja una cabeza capaz de utilizarla correctamente».

Sabíamos también que

él mismo tenía muy limitado el acceso a la tecnología de sus propios hijos.

Habíamos citado ya a Alan Eagle, ejecutivo de Google diciendo que

«Mi hija de quinto de primaria no sabe cómo usar Google, y mi hijo de tercero de secundaria está aprendiendo ahora. […] La tecnología tiene su tiempo y su lugar […] Es súper fácil, es como aprender a usar pasta de dientes. […]. La idea de que una App en una tablet puede enseñar a leer mejor a mis hijos, con todo respeto, la encuentro ridícula»

Ahora, Begoña Gómez Urzáiz escribe en EL País un artículo con el expresivo título: «Cariño, hemos creado un monstruo»), en el que recopila unas cuantas frases de dos de los fundadores de Facebook: Chamath Palihapitiya, ex vicepresidente de Crecimiento de Usuarios en la empresa, y Sean Parker, el inversor inicial y primer presidente. Ambos expresan de la manera más explícita la toxicidad de la plataforma y en general de todas las redes sociales. Ambos reniegan del invento y se arrepienten de su creación en términos absolutamente inequívocos.

C. Palihapitiya:

«Siento una culpa tremenda por haber creado las herramientas que están destrozando el tejido social y erosionando la misma base del comportamiento de las personas»

«Organizamos nuestras vidas alrededor de esta sensación de perfección, porque recibimos premios a corto plazo. Corazones, me gusta, pulgares alzados los igualamos a un valor, los igualamos a la verdad. Pero en realidad ocultan una popularidad falsa y amarga que te deja, admitidlo, más vacío de lo que estabas antes»

« [Cuando creamos Facebook] en el fondo, en los lugares recónditos de nuestras mentes, sabíamos que algo malo podía pasar»

Sean Parker, nos explica para qué sirve Facebook desde su creación :

«consumir la mayor cantidad de tiempo y atención posible» de cada usuario, explotando una vulnerabilidad  de la psicología del ser humano: la retroalimentación de la validación social. Cuando la gente da al like, recibe ese pequeño golpe de dopamina que les motiva a subir más contenido…». 

Y añade:

«Dios sabe qué estamos haciendo con los cerebros de nuestros hijos». «Nosotros sabíamos lo que hacíamos cuando la creamos: lo entendimos conscientemente y lo hicimos de todas maneras».

Mientras tanto, Mark Zuckerberg no reniega de nada y lleva todo el año inmerso en un tour “de crecimiento personal” por cada uno de los estados de su país, que para algunos constituye una precampaña presidencial a largo plazo. Conoce el poder de su herramienta y sabe que con ella puede llegar a conseguirlo.

Y mientras tanto, nosotros, los usuarios, seguimos engordándolo alegremente.

Referencias

Artículo de Begoña Gómez en El País

Post de Marian Rojas, sobre el mismo tema

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Dos textos

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Ya hemos dicho alguna vez que somos cada vez más, que no estamos solos, que poco a poco, gracias a los cada vez más evidentes efectos colaterales de la tecnovida, cada vez también hay más testimonios críticos o, al menos, de un cierto distanciamiento de la superficial aceptación de las novedades tecnológicas como si fueran el bálsamo de Fierabrás. Aquí traigo dos, que son uno porque el autor es el mismo.

José Martín me manda dos pequeños “tesoros” escritos por Marius Carol, director de La Vanguardia que os ofrezco aquí para saborearlos despacio casi en su totalidad. Y digo tesoro y saborear porque están escritos desde la sensibilidad. Una sensibilidad capaz de captar y expresar de manera sencilla y eficaz lo que fluye debajo de nuestra cotidianeidad tecnológica .

Bajo el título de La rebelión del papel, Carol escribe: (Los subrayados en negrita son míos)

«EL mundo digital ha ganado casi todas las batallas pues vivimos instalados en internet la mayor parte del tiempo, gracias al móvil, la tableta, el ordenador o el smart tv. Leer en la red es una actividad frenética, comprimida, azarosa y no siempre bien asimilada. El experto Franklin Foer, autor del libro Un mundo sin ideas, considera internet como una conversación interminable, en la que cada argumento es rebatido, compartido, revisado y ampliado. En este sentido, asegura que es casi tan estimulante como extenuante.

Foer dedica uno de los capítulos de su libro a lo que considera la rebelión del papel. Tras citar al escritor checo Milan Kundera, que buscaba las costuras del Estado comunista para escapar a los ojos de los vigilantes, dice:

El papel (en forma de libros, revistas y periódicos) es la costura que podemos habitar. Es el lugar más allá de los monopolios (tecnológicos) donde no dejamos un rastro de datos, donde no nos siguen la pista. Cuando leemos las palabras en el papel, estamos apartados de las notificaciones, los sonidos metálicos y otras urgencias que nos distraen de nuestros pensamientos. La página nos permite, en algún momento del día, desconectar de la máquina y ocuparnos de nuestra esencia humana”.

Los que pensamos que la relación que se establece entre el ser humano y el papel es única, lo que no significa que no nos sintamos estimulados, atraídos y fascinados por las posibilidades del universo digital, entendemos el sentido de las palabras de este pensador del siglo XXI. Foer asegura que, si las empresas tecnológicas aspiran a absorber la totalidad de la existencia humana en su redil corporativo, “la lectura del papel es uno de los escasos resquicios de la vida que no pueden integrar plenamente“. Por eso recomienda refugiarnos a menudo en el santuario del papel, como una catedral de la cultura donde habita el conocimiento. Y el silencio. Casi como un modelo de resistencia.»

Buenísimo. Y, sobre todo, tal cual. Puro realismo. No es fruto de una mentalidad conspiranoica.  La «transparencia» que plantean las grandes corporaciones -que no es otra cosa que hacernos transparentes a los usuarios mientras ellas se hacen cada vez más opacas y poderosas- va a ir a más: quieren que lo hagamos todo “allí”, en esa plaza pública que es la red, desde la engañosa privacidad de nuestro ordenador o nuestro móvil. Y, en efecto, el papel –todavía– opone su materialidad inasequible al lenguaje binario de unos y ceros al fisgoneo total de los que nos vigilan proporcionándonos todo tipo de innegables ventajas cotidianas. Papel y silencio. El libro, tú y nadie más. (siempre que no lo hayamos pagado con tarjeta, claro).

Y este es el otro texto. Titulado Añoranza de la civilización, expresa en ese primer párrafo otra de las patologías sociales que padecemos: preferimos acumular a sentir, mirar como otros viven en lugar de vivir, llenar la memoria de nuestros teléfonos en vez de la nuestra, acumular fotografías en lugar de recuerdos.

«La escritora estadounidense Marilynne Robinson, ganadora de un Pulitzer, escribió en uno de sus ensayos: “Añoro la civilización y quiero que me la devuelvan“. Pensé en ello recientemente mientras intentaba ver la exposición sobre Dior en el Museo de las Artes Decorativas de París. El problema no era tanto que la gran cantidad de público impidiera contemplar las piezas expuestas, como que resultaba imposible acercarse porque el gentío hacía cola para sacar fotos con el móvil. El mundo es un espacio cada vez más extraño donde, en lugar de disfrutar de las obras de arte, el personal prefiere guardarlas en la aplicación de su móvil. Hemos cambiado el placer de emocionarnos por la sugestión de acumular. Preferimos llenar la memoria de nuestro teléfono que la de nuestra mente.

Un estudio de la consultora TNS sitúa en tres las horas que pasamos al día pendientes de nuestros dispositivos móviles, pero la cifra se eleva a cuatro horas y media en los usuarios comprendidos entre los 16 y los 25 años. Sin ánimo de menospreciar los móviles –que nos permiten a un tiempo informarnos, orientarnos, divertirnos o comunicarnos–, no queda claro que su uso nos ayude a triunfar. En cambio, los libros sí, pero el 36% de la población española no compra nunca ninguno. Warren Buffett, el segundo hombre más rico del mundo, asegura que pasa entre cinco y seis horas hojeando diarios y libros. El único que tiene más dinero que él, Bill Gates, afirma que lee un mínimo de 50 obras al año. Y Mark Zuckerberg, el tercero en liza, devora uno cada dos semanas.

Buffett tiene por costumbre mandarles cartas a los accionistas, en las que les recomienda libros, al tiempo que les explica cómo va la compañía. En cualquier caso, no le hace ascos al móvil: de hecho hace unos meses compró diez millones de acciones de Apple. Eso sí, su iPhone lo usa lo justo y lo pone en silencio cuando se sumerge en la lectura. Todo un ejercicio de civilización, que diría Robinson».

Dos textos que son uno, porque los dos defienden la civilización, la lectura, la contemplación, el mundo personal en definitiva que tantas veces y de tantas maneras la tecnología pone en riesgo. “Añoro la civilización y quiero que me la devuelvan”. Yo también. ¿Melancolía elitista o justificadísima queja ante una realidad descompuesta?

Referencias

La rebelión del papel en La Vanguardia

Añoranza de la civilización en La Vanguardia

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