El ciberfuturo educativo: una broma del XLSemanal

Muchas veces he dicho que habría que premiar a XLSemanal por su continuada atención a lo tecnológico y habitualmente con un sano sentido crítico. En esta ocasión, no.  Carlos Manuel Sánchez escribe un reportaje sobre la educación –portada, además, del semanario– con el que, una vez leído, uno  no sabe si reír porque está escrito desde la ironía y todo es una gran broma o llorar si la cosa va en serio y de verdad estamos intentando hablar de educación.

Desde la portada,

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todo el reportaje está trufado de rabioso ciberoptimismo educativo en estado puro, una concentración de tópicos del solucionismo tecnológico aplicados a la educación. Ahí tenemos a un alumno de 2030 –«un mutante, un posmillennial, nacido con un Smartphone debajo del brazo, un ‘iNiñ@’» – en “clase de matemáticas” sin hacer nada más que asomarse a unas gafas de realidad virtual. El chavalín, desde Infantil, controla sus constantes vitales y mediciones biométricas -pulso, sudor, expresión de los músculos faciales…-  a través de un reloj inteligente o una diadema cerebral o unas cámaras para leer su retina ocular, todo para saber si asimila o no, si está agotado, nervioso o concentrado o peleando, (aunque no creo que en ese futuro sea posible que nadie se pelee, eso sería una imperfección imperdonable del solucionismo tecnológico). De mayor lleva una cámara prendida en la solapa que hace fotos cada 30 segundos para evitar el bulling y de paso, para archivar toda su vida personal… Palabra de honor que todo esto lo dice el reportaje. Literal. Vean « Nuestro alumno tiene nociones de programación en código abierto a nivel de usuario con Arduino y Scratch, e incluso ha aprendido a generar códigos QR, .[…] ha buscado información sobre la arquitectura de la Alhambra y las costumbres en la época nazarí. […] ha recopilado lo más interesante sobre las matemáticas de los árabes, la astronomía, el uso del agua, la historia y todo lo que ha despertado su curiosidad. Ha actualizado el día a día del proyecto en un videoblog. Ha buscado planos para confeccionar la maqueta y los ha calcado en papel continuo sobre una pizarra táctil. […] Ha grabado y editado una presentación final de vídeo. […] Lo lleva haciendo desde muy pequeño y es lo que le prepara para la vida. No memoriza conocimientos; los asimila, los asocia, los usa y los recicla». Solo le falta decir “Y los vomita deshaciéndose de ellos”. Un alumno extraordinario ¿no? Ideal. Y según dice el texto vienen así «de fábrica». Un Ialumn@. Yo también quiero uno así, por favor. Pero el profe, también es extraordinario, «un orientador, un amigo de confianza que contagia curiosidad, filtra lo útil y selecciona fuentes fiables con espíritu crítico». Un mirlo blanco, en fin. Es el futuro. Y todo gracias a la tecnología que, como se sabe, mejora a las personas solo por estar en contacto con ella.

¿Y las instalaciones? Ya se imaginan: una especie de loft tipo Google de colores parchis con luz natural, alfombras, cojines, aulas abiertas, hilo musical y pantallas, muchas pantallas por todas partes. Una gozada.

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Por supuesto, esta visión idílico-tecnológica se contrapone en cuatro trazos con la “escuela prisión” (Richard Gerver) -la nuestra, claro-, donde todas las aulas son parecidas, con parecido mobiliario y patios parecidos; ‘inquilinos’ con uniformes, tareas rutinarias y previsibles, profesores gruñones y desmotivantes que pasan más tiempo vigilando que enseñando…,  aulas, pupitres, exámenes, incluso deberes -¡qué atraso, qué horror!-… un modelo de escuela en blanco y negro, triste, aburrida, ineficaz, obsoleta para esta «revolución de la inteligencia» (¿?). Otra broma.

Y para completar el pastel tecnoutópico, una entrevista a Stephen Heppell, un “experto” un asesor, un «gurú de los  nuevos entornos de enseñanza» que dice cosas -también ¿llenas de sentido común e inteligencia?- y además cobra por ello: los niños deben salir del colegio siempre contentos (¡ole, ole!); los móviles, lejos de distraer son una tecnología activa que le encanta y a la que los profesores -los de ahora, claro- tenemos miedo (¿?) y muy útil, por ejemplo para hacerle una foto a la pizarra y no tomar apuntes; para saber cómo será la escuela del futuro hay que preguntarle a los chavales -que, como todo el mundo sabe, son los que saben-; la escuela es sobre todo para preparar a los alumnos para lo inesperado (¿?) con sorpresas continuas, nada de todos los días la misma rutina del pupitre, el horario, los exámenes, etc.; el tener un horario fijo para el recreo es absurdo: no todos tienen hambre a la misma hora (sic); los pupitres están diseñados para que sufran, las sillas también, los colegios las compran porque son fáciles de apilar; enseñanza cooperativa y en grupo, por supuesto, nada de individualidad; los deberes son inútiles; las aulas no están pensadas sino para controlar; el dióxido de carbono acumulado en el aula es nefasto para el aprendizaje por eso habrá que hacer clases abiertas, más grandes, con cien alumnos –que no respiren supongo–; hay que volver al viejo principio del aula rural con alumnos de todas las edades juntos; la edad no importa: ¿qué es eso de distribuir a los niños por edades?, el sistema de hoy es estúpido, decimonónico y retrasa el aprendizaje: ¿es que la familia, el club deportivo o el grupo de teatro se organiza por edades? se pregunta… Y le pagan -insisto- por decir cosas como estas.

Lo curioso es que en todo el reportaje -entre tanta pantalla, moqueta y gadget tecnológico, entre tanta técnica y colorín- no se habla para nada de personas, de imprevisibilidad, de comunicación, de conocimiento, de pensamiento crítico, de esfuerzo y superación, de concentración, de resistencia a la frustración, de buenos hábitos intelectuales y cívicos, de libertad, de dificultades y de empeños, de familias estables y desestructuradas, de carencias, de crecimiento personal académico y afectivo, de solidaridad…; de leer, escribir, pensar, hablar…; es decir, de educación.

La escuela es sobre todo, adquisición, dominio y ensanchamiento del lenguaje -es decir, del pensamiento- y del corazón -esto es, de la convivencia, de los afectos, de los sentimientos-. De la palabra como vehículo de comunicación exclusivamente humana cuya posesión nos hace crecer en lo que somos mirándonos a los ojos cara a cara. De los afectos y emociones que nacen del contacto personal físico, imperfecto, sí, pero por eso profundamente humano y no cibernético.

 ¿Con qué gafas virtuales enseñamos todo eso? ¿Con qué pantalla?

Referencias:

Reportaje de XLSemanal La escuela de 2030

Ordenadores y escuela, posts del blog bajo esa etiqueta

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Manifiesto por la democracia en la era digital: tres años después

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El 10 de diciembre de 2013 coincidiendo con el Día Internacional de los derechos Humanos, 562 escritores e intelectuales de 82 países redactaron e hicieron público un manifiesto, de nombre Escritores contra la vigilancia masiva, para protestar contra el espionaje por parte de empresas y Estados a los ciudadanos en la Red.

Entre los firmantes se encontraban cinco premios Nobel de literatura y novelistas de renombre como  Martin Amis, Kazuo Ishiguro, Ian McEwan (Inglaterra), John Berger Richard Ford, Dave Eggers o los españoles Juan Goytisolo, Ricardo Bada, Javier Cercas, Rafael Chirbes, Rosa Montero, Julio Llamazares, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Javier Salinas.

Vale la pena recordar su texto que no tenía desperdicio. (Las negritas son nuestras y no necesitan comentario. Hablan por sí solas)

«A lo largo de los últimos meses, hemos descubierto el verdadero alcance del la vigilancia masiva a la cual todos los ciudadanos estamos expuestos. Con tan solo unos clics en un ordenador, los Estados pueden espiar nuestros móviles y correos electrónicos, acceder a nuestras redes sociales y revisar las búsquedas que realizamos en Internet. Tienen acceso a nuestras convicciones y actividades políticas y pueden, en colaboración con las grandes empresas de Internet, recoger y almacenar nuestros datos y predecir nuestro consumo y nuestro comportamiento.

El pilar de la democracia es el respeto a la integridad del individuo. Pero la integridad humana va más allá del cuerpo físico. En sus pensamientos y en sus entornos personales y de comunicación, todos los seres humanos tenemos el derecho a una intimidad libre y sin molestias.

Este derecho esencial ha quedado reducido a la nada por el abuso del desarrollo tecnológico por parte de Estados y de empresas para la vigilancia masiva a los ciudadanos.

Una persona bajo vigilancia no goza de libertad; una sociedad bajo vigilancia permanente no es una democracia. Nuestros derechos democráticos deben seguir vigentes tanto en el espacio virtual como en el real:

  • La vigilancia viola la esfera privada de los ciudadanos y compromete su libertad de pensar y de opinar.
  • La vigilancia masiva trata a cada ciudadano como sospechoso, comprometiendo un logro histórico: la presunción de inocencia.
  • La vigilancia hace transparente al individuo, mientras que el Estado y las corporaciones operan en secreto. Como estamos viendo, el poder excede sistemáticamente sus límites.
  • La vigilancia es robo. Los datos conseguidos no son propiedad pública: nos pertenecen a nosotros. Si son utilizados para predecir nuestro comportamiento, entonces nos roban otra cosa: el libre albedrío, indispensable para la libertad en democracia.

EXIGIMOS tener el derecho de co-decidir cuáles serán los datos personales que pueden ser recolectados, almacenados y compilados, y por quién. Exigimos estar informados acerca de dónde permanecerán almacenados nuestros datos y de qué manera serán utilizados. Y exigimos que esos datos sean borrados cuando sean recogidos y almacenados de forma ilegal.

HACEMOS UN LLAMAMIENTO A TODOS LOS ESTADOS Y EMPRESAS a respetar y reconocer estos derechos.

HACEMOS UN LLAMAMIENTO A TODOS LOS CIUDADANOS a defender estos derechos.

PEDIMOS A LA ONU que reconozca la importancia central de la protección de los derechos civiles en la era digital y que cree una Convención internacional de los Derechos Digitales.

PEDIMOS A LOS GOBIERNOS que acepten y respeten tal Convención.»

La petición se incluyó en Change.org donde consiguió doscientas y pico mil firmas y quedó cerrada. Han pasado tres años y he buscado en la red qué consecuencias prácticas ha tenido. No he encontrado nada. No parece que ni los Estados, ni las empresas, ni la ONU, ni los gobiernos, ni los ciudadanos -salvo los doscientos mil que firmaron- hayan respondido de algún modo. Y esta última falta de respuesta ciudadana es lo más preocupante: pocos textos explican mejor y en tan poco espacio, qué está pasando con la violación de nuestra intimidad y la manipulación de nuestros datos personales. Sin embargo, el impacto del espejismo del gratis total y el deslumbramiento de la eficacia tecnológica son más fuertes que cualquier grado de concienciación pública. Tremendo.

 ¿Nos tiene que llenar eso de melancolía? No. Simplemente así son las cosas. El texto es bueno y pone de manifiesto –nunca mejor dicho– verdades como puños suscritas no por indocumentados ni por recalcitrantes ciberpesimistas, sino por esa especie a extinguir que en el siglo pasado llamábamos “intelectuales”. Lo dicho dicho queda y siempre puede ser citado.

Soy optimista: creo que finalmente –no sé si tarde, tardísimo, espero que no demasiado tarde– acabará legislándose para proteger la libertad individual de cada persona.

Coda:

Javier Marías incluye en su blog un texto justificando su firma en un pdf escrito en inglés y, sobre todo y curiosamente, a máquina por razones anticibernéticas. Es muy interesante:

«No uso ordenador, escribo a máquina. Una de las razones para ello es que no quiero que nadie sepa lo que “googleo”, lo que busco, lo que consulto. Por eso continúo usando libros para todo  eso. No tengo correo electrónico porque no me gustaría que nadie se inmiscuyera en mi correspondencia, ni la policía ni el Estado. No es que yo tenga (generalmente) nada que esconder. Es solo una cuestión de principios. No puede haber libertad individual si puede suceder que seas espiado y puedan rastrear lo que dices y escribes en el momento que las autoridades decidan que deberías serlo.

No uso teléfono móvil excepto cuando viajo. Una vez estaba viajando en coche de Amsterdam a Bruselas. Incluso antes de que yo supiera que había entrado en Bélgica (sin aduanas, sin señal alguna de tráfico), mi teléfono móvil me envió un mensaje que decía: “Bienvenido a Bélgica” y demás. Nadie debería saber dónde estoy incluso antes de que  yo mismo lo sepa. Esa es la razón de que firmara, y por eso es por lo que no utilizo nada que pueda ser vuelto en contra mía. Creo que mis idas y venidas no le interesan a nadie. No soy un paranoico. Como he dicho, es una cuestión de principios. Reivindicamos el derecho a mentir, porque la mentira es uno de los escasos refugios para la libertad individual».

                                                                                  Javier Marías

Referencias

Blog de Javier Marías

Noticia de El País, 2013

Referencia en Change. org

 

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Exconectados: ¿algo más que una moda?

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Beatrice, nos manda un artículo de Irene Hernández Velasco en El Mundo que no tiene desperdicio y que conecta perfectamente con nuestro post anterior: «Desconectados: la nueva tribu urbana que abandona internet para abrazar la vida real». Se trata de unos cuantos “autistas” que han decidido dejar de serlo. De unos cuantos “ciberzombies” que han resucitado.

En apariencia no deja de ser uno de esos reportajes de “tendencias” relacionadas con la moda o el modo de vivir que es la moda aplicada a la vida, pero está lleno de aciertos en su lenguaje y en su planteamiento, en forma y en fondo; y constituye a mi juicio –en este caso sí– una tendencia, un indicio de que las cosas están cambiando, de que surgen voces discrepantes al ciberoptimismo hegemónico, de que la realidad puede finalmente ganarle la partida al márquetin y el hombre a la máquina. Un síntoma de una enfermedad social, de un cansancio ante una opresión que puede llegar a ser agobiante, de una búsqueda de alternativas vitales y físicas a la nanidad virtual de muchas de nuestras conexiones. Existen personas reales, jóvenes, que han nacido ya con la tecnología –ya saben: los mal llamados nativos digitales– como las citadas en el artículo que «voluntariamente, han decidido poner freno a la vorágine de internet y hacerle un corte de mangas a eso de la hiperconectividad. Unos marcianos que han resuelto aparcar la vida virtual para dedicarse a vivir la vida real». Hablamos, dice la periodista de personas que «sentían que estaban perdiéndose la vida de verdad, ésa que tiene lugar fuera de la pantalla. Veían como los tentáculos de la web y de las redes sociales les estaban arrastrando a la adicción, y decidieron echar el freno antes de que fuera demasiado tarde. Hablamos de gente de entre 25 y 49 años, de la clase alta, universitarios, que se movían como pez en el agua por la web y que un buen día decidieron salir de Facebook y de Twitter y limitar su uso de internet al mínimo y a aspectos muy concretos» y prácticos.

¿Por qué?

Primero: No les gusta el tipo de relación que la red y las redes imponen

«Cuando paso por una terraza y veo a dos personas sentadas la una frente a la otra mirando cada uno su móvil me pongo malo. Estamos perdiendo las conversaciones, las relaciones cara a cara, lo auténtico, lo natural. Nos venden que gracias a las redes sociales estamos cada vez más conectados pero mi sensación es la contraria: creo que nos aíslan, nos hacen cada vez más individualistas».

Segundo: el navegar muy a menudo nos lleva a naufragar y, además está vigilando el Gran Hermano:

«Me conecto lo justo. Consulto lo que me interesa y basta, no pierdo el tiempo saltando de una página web a otra. Además, le doy mucha importancia a la protección de mis datos. Todos sabemos que en internet hay un inmenso negocio con los datos de los usuarios»

Tercero: no pasa nada. Se puede vivir conectándose pero sin estar conectado

«Mis amigos saben que no tengo redes sociales ni Whatsapp, así que cuando quieren contactar conmigo me llaman. No es tan difícil». « Al revés: la gran paradoja es que los desconectados sienten que reconectan con el mundo real»

Cuarto: la cosa se estaba convirtiendo en una adicción superficial e inútil:

« Sentía que internet me estaba esclavizando, que era una relación parasitaria que afectaba a mi dinámica familiar. Sentía saturación tras horas y horas navegando a la deriva, saltando de una página a otra sin ton ni son, viajando de un hipervínculo a otro, en apariencia haciendo de todo pero en el fondo no haciendo absolutamente nada, porque con mucha frecuencia la información que obtenemos después de un día pegados a la pantalla es dispar, en ocasiones contradictoria y no tardamos en olvidarla»

Quinto: la red te enreda.

Hace tan sólo 10 años, Internet era una herramienta de consulta. Uno se hacía una pregunta y sólo después buscaba la respuesta en la red. Pero hoy la dinámica ha cambiado por completo. El tiempo vacío se ha llenado de paja. Muy a menudo es internet quien formula las preguntas, robándole al individuo nuevos marcos de referencia. Internet es omnipresente porque está activo siempre y en todas partes. Al ocupar gran parte de nuestra vida, hace que con frecuencia descuidemos a las personas a nuestro alrededor”.

Sexto: la obsesión por mantener un perfil, puede llegar a bloquear tu vida

Soy la chica que lo tuvo todo y quiero decirte que tenerlo todo en las redes sociales no significa nada en tu vida real. He dejado que se me definiera por los números y lo único realmente me hacía sentir bien era conseguir más seguidores, más megustas, más repercusión y visitas. Nunca era suficiente“. (Essena O’Neill, una bloguera australiana que contaba con 500.000 seguidores en Instagram, 20.000 en Snapchat y 250.000 en YouTube y que, el año pasado, decidió acabar con la obsesión de perfección que marcaba su vida)

Séptimo: compartir es trabajar gratis para otro que es el que gana dinero.

«Cuando el usuario medio abre su teléfono o su navegador, todo responde a la misma lógica subyacente: enviar información a no se sabe muy bien quién y recibir información de no se sabe muy bien quién. Compartir. Pero cuando compartimos somos trabajadores sin salario para un jefe anónimo, generamos contenido para las plataformas y, por tanto, tráfico y visitas. Esa vorágine engancha». «La nueva red ya no es una herramienta al servicio de la humanidad, sino un sistema que pone a la humanidad a su servicio».

(Los testimonios son de David Marcian, cineasta y Enric Puig Punyet, Doctor en Filosofía y escritor, autor de La gran adicción. Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo (Editorial Arpa) un libro que acaba de ver la luz –y que nos aparesuraremos a leer y reseñar aquí– y en el que relata los casos de varias personas que, como él, han decidido desconectarse de la red no por romanticismo, sino por salud mental y calidad de vida. También tiene una web que se dedica a estudiar el fenómeno de la red y sus efectos relacionales: Instituto Internet)

Referencias

Artículo de El Mundo completo

http://www.institutinternet.org

La Gran Adicción, Enric Puig, Arpa editorial

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Eric Pickersgill: la presencia de la ausencia

El fotógrafo Eric Pickersgill nos llama la atención sobre la absoluta presencia de los móviles en nuestra vida cotidiana y lo hace precisamente haciéndolos desaparecer. Están tan presentes que no los vemos. Sólo cuando los quitamos y observamos lo que queda de nosotros cuando los usamos, nos hacemos conscientes de su omnipresencia, de su poderío, de su adictividad. Los seres humanos que quedan, son autistas juntos, pero solos; conectados e incomunicados. La ausencia de los móviles, hace patente el testimonio de que los ausentes somos, en realidad,  nosotros.

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Referencias

Web de Eric Pickersgill

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60 años de televisión

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Los aniversarios están llenos de nostalgia y los cumpleaños de la tele de imágenes que tienen garantizada la añoranza  no tanto por su calidad, sino porque están ligadas a nuestras biografías. Con el sexagésimo aniversario de la tele en España se multiplican en los medios las referencias “cariñosas” que no son sino caricias a nosotros mismos más que a esa televisión pasada que ha ido acompañándonos a lo largo del tiempo: nombres, personajes, series emblemáticas, imágenes inolvidables, concursos que congregaron la atención de la sociedad española durante semanas. Todo muy bonito. Muy simpático.

 

Pero después de celebraciones y nostalgias, conviene pensar un poco en qué han supuesto realmente estos 60 años vividos en compañía diaria de la TV. ¿Nos ha ayudado a comprender el mundo? ¿Realmente la tele ha conseguido construir una sociedad más justa, más feliz, más solidaria, más informada, más democràtica? ¿Somos mejores ahora que hace sesenta años gracias a ella? ¿Ha cumplido con la misión de informar, formar y entretener que la vio nacer? ¿Ha aumentado nuestro grado de libertad y responsabilidad? ¿Recibimos de ella exigentes dosis de verdad, bondad, belleza? ¿Ha sido una aliada de la familia colaborando con los padres en la educación de sus hijos?

 

Éxito total

Lo primero es dar cuenta de su éxito sin paliativos: aquellos primeros 600 televisores que pudieron ver la primera emisión y que costaban 30.000 ptas. de la época, se han convertido en millones de ejemplares que habitan hoy el 99’5% de los hogares españoles la mayoría de ellos con más de un aparato. Su penetración social, bigráfica, casi biológica… es absoluta.

 

Matarratos

El tiempo medio de consumo no ha hecho más que aumentar y supera ya la media de  cuatro horas diarias: la mitad de nuestro tiempo de ocio, la principal actividad después del trabajo y del sueño; en una persona que viva ochenta años el tiempo absoluto de consumo con esas cifras supone más de doce de su vida completamente dedicados a ver la televisión. Y el tiempo no es un valor numérico frío y aparentemente neutro. El tiempo es biotiempo, auténtica vida transcurrida o por transcurrir, llenada o por llenar. La televisión no sólo ha producido un impacto por lo que nos ha transmitido, sino por lo que no nos ha dejado hacer mientras la hemos consumido. ¿Ha merecido la pena?

 

Decisión libre: ¿quién tiene el mando?

Sí: he escrito “dejado hacer”. Porque ¿por qué vemos televisión? ¿Realmente es un acto libre de nuestra voluntad? ¿Cómo decidimos encenderla? ¿Podemos comparar el acto de ver la tele con otras decisiones de ocio: ir al cine, leer, jugar, salir con los amigos…? Pensemos cada uno hasta qué punto es una decisión voluntaria o es un automatismo adquirido, programado por la propia naturaleza del medio.

 

Este es un país libre pero todo el mundo decide hacer lo mismo todos los días a las mismas horas: es el prime time.  Todos afirmamos que la programación es muy mala, pero todos la miramos.

 

La Audiencia

Independientemente de la calidad de lo que ofrece, el número de telespectadores siempre es el mismo (sólo en verano sufre una significativa disminución), se reparte entre todas las cadenas. A veces, hay más en una, a veces en otra. Son las famosas audiencias de las que hablan los programadores. No son audiencias… Somos una única audiencia. Una audiencia fiel y paradójicamente insatisfecha.

 

Democracia cultural

60 años de televisión. Puede ser un buen momento para analizar el significado y la influencia de la audiencia en los contenidos de la televisión. ¿Realmente tenemos la televisión que nos merecemos? ¿Los programadores no hacen buena televisión porque las audiencias no la demandan? La fidelidad de la audiencia ¿es consecuencia de la calidad de la programación? ¿Por qué baja la audiencia en verano? ¿Qué han medido los audímetros, números o calidades? Si la calidad cultural se midiera por audiencias, el Cristo de Borja debe tener una calidad extraordinaria y los vídeos de gatos en internet, también. Por no hablar de la pornografía que también tiene muchos seguidores.

 

Durante sesenta años hemos consumido un producto en el que muy pocos  los que la hacen– han influido en casi todos –los que la vemos–.

 

La Televisión ha generado una producción audiovisual necesariamente fácil, para todos; más espectacular que especulativa, más atrayente que atractiva, más emocionante que reflexiva, más para divertirse que para disfrutar. Da mucho a cambio de muy poco, rompe esa ecuación educativa básica por la que la recompensa se obtiene con esfuerzo. Ver TV es una actividad pasiva que no nos exige más que estar. Es accesible: en casa, gratuita, fácil de manejar, disponible, omnipresente; es espectacular, hipnótica, divertida, entretenida, matarratos…, es decir, evasiva; está sujeta a un horario y constituye una costumbre dominada por los programadores, es un hábito en el que caemos sin darnos cuenta. ¿Democráticamente?

 

Una ventana al mundo. Pero ¿a qué mundo?

Porque cuando se habla de televisión no se habla de un programa ni de una cadena determinados, sino de un mundo global, un universo electrónico que contemplamos a veces como si se tratara del mundo real en que vivimos y que, sin embargo, no tiene nada que ver con él. Aquella que iba a ser una ventana al mundo, ha deformado el cristal y ha creado su mundo propio que acaba conformando nuestra manera de ver el nuestro.

 

Un mundo que es espectáculo: cosas asombrosas, poco comunes, variadas, saturadas de color, alejadas de lo cotidiano. Un mundo más elegante y más rico; más urbano y menos rural; más conflictivo y menos dialogante; más ajetreado y menos pausado; más rápido y más simple que el real. Un mundo que responde a un casting, a una selección, a un filtro: actores, cantantes, modelos, deportistas, abogados, políticos, médicos, policías…; con un perfil de edad entre los 25 y 45 años. La niñez y la vejez casi no existen. Un mundo en el que la juventud es el valor supremo junto con el cuerpo y la salud. Un mundo que refleja la cultura del éxito (belleza, lujo, riqueza…): el tener frente al ser, la exacerbación del consumo. La publicidad, la publicidad, la publicidad…. Un mundo hipersexualizado, por supuesto, con el sexo como soporte publicitario, como adorno, como gancho, como nudo narrativo, explícito o implícito pero siempre descontextualizado, casi siempre banal y muy a menudo falso. La mujer como objeto, como marco y referencia de consumo. El peso específico del cuerpo frente al valor de la inteligencia y la afectividad, el parecer frente al ser. Y, cómo no, un mundo violento, conflictivo. La violencia física, pero también verbal; como medio de entretenimiento o el modo más común de resolver conflictos; la muerte natural casi no existe, tampoco el diálogo, la espera, el sacrificio, el esfuerzo, la renuncia, la fidelidad, el silencio.

 

Una nueva relación laboral: el ocio es el negocio

La tele inaugura una nueva estructura económica que ahora se ha generalizado, agudizada, en internet.  Mientras ves la televisión estás trabajando. Nadie regala nada. Las cadenas de TV tampoco. ¿Queremos ver televisión? Pues adelante. Pero conviene que sepamos que no es un acto inocente y mucho menos gratuito. Veamos, con Javier Echeverría, a una persona que consume televisión cualquier día a cualquier hora:

 

El telesegundo: Mientras ve la TV, regala a la cadena su propio tiempo que junto con el de otros millones de personas, constituye una materia prima valiosísima que es lo que la cadena vende a los anunciantes. Cuanta más gente haya mirando, más valor adquiere el tiempo y más caro lo pagan los anunciantes. Por eso, lo importante es que siempre haya gente mirando y cuanta más mejor, entregando su tiempo. La empresa televisiva no vende programas, vende tiempo nuestro tiempo.

 

La telemercancía: Por otro lado, la escena presenta a un cliente (cada uno de nosotros) ante un escaparate (la pantalla) de una teletienda (la cadena de TV). El vendedor no es una persona, sino una empresa (a veces la propia cadena que se vende a sí misma, a veces una empresa que alquila el espacio a la cadena para vender). El producto que el telespectador consume no es un programa, sino los anuncios que lo acompañan. Los programas que el telespectador cree consumir, son sólo el envoltorio del verdadero producto de consumo: el anuncio. Los programas son parte del escaparate que sirve para que nos paremos a mirar  y…a consumir.

 

Los nombres propios: Cualquier persona, cosa o suceso que aparece por televisión es mirado por millones de personas con lo que automáticamente y sólo por ello, adquiere un valor nuevo: se convierte en un nombre propio con un valor económico determinado por los millones de ojos que lo miran. Una persona desconocida para todos se convierte en alguien que cobra por ser visto de nuevo. Nosotros lo creamos con nuestra mirada y acabamos pagando por verle de nuevo en una revista, en un acontecimiento social o en la propia TV en la que lo hemos co-creado.

 

Pero, al menos, los telediarios sí que son cosa seria… ¿o no?

La mitad de los españoles solo se informa a través de la televisión (o de sus extensiones, las redes sociales).

 

¿Mucha información? Si suponemos que a un medio informativo nacional llegan cada día alrededor de 1.000 inputs informativos susceptibles de convertirse en noticia, a través del fax, el teléfono, los reporteros, los gabinetes de prensa, corresponsales propios, agencias, etc., un diario seleccionará entre sus páginas alrededor de 100, un 10%. Un informativo de televisión no suele sobrepasar el número de 20 noticias, es decir un 2%. Eso sí: los últimos diez años, nos ha convertido a todos en auténticos especialistas en meteorología.

 

Informarse cuesta trabajo. El periodismo televisivo no está hecho para informar sino para entretener. Querer informarse sin esfuerzo es una ilusión acorde con el mito publicitario. Informarse cuesta: es preciso diversificar, seleccionar, leer para poder profundizar en el significado de un hecho. Ver lo que pasa no es saber lo que pasa.

 

Las imágenes son un problema. ¿Qué consecuencias puede tener el hecho de que el principal criterio de selección de noticias en un telediario sea el disponer de imágenes de esa noticia? Primero, siempre estarán antes los incendios, los disturbios y violencias, las catástrofes, las guerras… lo dramático, lo espectacular; segundo, no siempre dispondremos de imágenes de lo que sucede; tercero, las imágenes muestran pero necesitan ser explicadas.

 

Pseudoacontecimiento. Muchas de las cosas que vemos que suceden en los telediarios sólo ocurren porque la presencia de una cámara las provoca o se planean cuidadosamente por los protagonistas de la noticia para atraer la presencia de una cámara. No son noticias, son eventos que quieren ser noticia.

 

¿Solidaridad? A veces parece que la televisión despierte en nosotros arranques de solidaridad internacional al mostrarnos imágenes del tercer mundo…Pero cuando deja de hacerlo, ¿no es también cierto que contribuye a dar la sensación de que el tercer mundo ha dejado de existir porque ya no lo vemos?

 

La política. La televisión trivializa todo lo que toca. También la política. Desde que Kennedy ganó a Nixon por ser más fotogénico, hasta los numeritos de Podemos en el Congreso, son sesenta años de videopolítica, un ámbito en el que las ideas han dado paso al espectáculo y en el que los ciudadanos ya nos somos votantes, sino espectadores que votan. Asesores de imagen, campañas, eslóganes, circo mediático.

 

La hegemonía de la imagen: un camino hacia el pensamiento débil.

Sesenta años de televisión han provocado la hegemonía de la imagen frente a la palabra.

 

Y la palabra desarrolla habilidades mentales relacionadas con la concreción, el análisis, la síntesis. Facilita el razonamiento, la fuerte articulación del pensamiento, la clasificación. Pero la palabra es densa, difícil: el lector se enfrenta a un universo abstracto y estático, a signos alejados de la realidad material, signos áridos cuya descodificación exige complejas operaciones mentales. Lo agradable del texto escrito no está en lo que se ve, sino en su significado. El lector, incluso el oyente, se ejercita en la paciencia, porque se le exige un placer postergado, que se alcanza sólo a partir del esfuerzo. La lectura exige renunciar a una satisfacción inmediata por una satisfacción más lejana.

 

La imagen, en cambio es el reino de la sugerencia, de la emoción, de la intuición. Se mide por su punch, por su capacidad de impacto. Ante ella, el espectador se enfrenta a signos concretos cercanos, materiales, gratificadores, que dan recompensa sin apenas esfuerzo y potencian un sentimiento de inmediatez e impaciencia. La televisión nos presenta un universo concreto y dinámico: no se trata sólo de que sean imágenes en movimiento, sino que el espectador, ante la pantalla, se somete a una hiperestimulación sonora y visual cada vez más trepidante para mantener su interés, de modo que esa vorágine de sensaciones acaba por hacerle aburrido todo aquello que es abstracto y estático como la lectura, pero no sólo como la lectura…También la clase, la conversación, el discurso, la meditación, la contemplación, el museo.

 

 

Sesenta años de televisión. Del blanco y negro, al color. Del monopolio de RTVE a la irrupción de las privadas. De la multiplicidad de la oferta de canales a la uniformidad de lo que ofrecen. De la última decisión de la voluntad –levantarse- al mando a distancia. Del adelgazamiento de los televisores de plasma a la obesidad de los espectadores. De la mejora progresiva de la definición del continente al empeoramiento progresivo del contenido. De los payasos de la tele a los payasos diabólicos. De la “Familia Telerín” a la familia teledirigida. Del lujo de “La Clave” al “Sálvame deluxe”. De Massiel al Chiquilicuatre. Del Gran Hermano de Orwell al Gran Hermano de Tele5. Del Mundo Feliz de Huxley al Divertirse hasta morir de Postman. De la política a la videopolítica. De la democracia a la videocracia. De los ciudadanos que pudimos ser a los telespectadores que somos. De la información al espectáculo. De la contemplación al fisgoneo. De la hegemonía de la imagen, a la debilitación del pensamiento. De la profundización en la realidad a la banalidad del reality. Del hacernos testigos de la realidad a impedir que nos esforcemos en comprenderla.  Del “ver con mis propios ojos” al ver por los ojos de los demás. Del fútbol al “Fúbol”, siempre y todo el rato. Y, por encima de todo, –volvemos en siete minutos– la publicidad, la publicidad, la publicidad, la publicidad, la publicidad… Más o menos ciento veinte millones de anuncios.

 

Sesenta años de televisión. ¿Felicidades?

Referencias

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